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lunes, 11 de enero de 2021

Concatenaciones / La inevitable destrucción del metro

 

Fernando Irala

Un poco más de medio siglo tienen las primeras rutas del Metro de la ciudad de México, aunque el deterioro del equipo y del servicio lo hagan ver más viejo.

Con un adecuado mantenimiento, la mitad de una centuria es apenas un breve lapso en la vida de este tipo de transporte.

Súbitamente, un incendio en el Centro de Control sacó de circulación a todo el sistema, y a las tres principales líneas –las más antiguas, las más saturadas— las dejará sin funcionar por un periodo indeterminado, que puede ser incluso de meses.

La necesidad de reparaciones y sustituciones preventivas en la subestación eléctrica se había advertido hace años, pero como siempre ocurre, los trabajos necesarios apenas se iban a realizar.

Así ha sucedido desde hace casi un cuarto de siglo, cuando la jefatura de gobierno capitalina dejó de ser una regencia y se convirtió en un puesto de elección popular.

Desde entonces, consistentemente, la población ha votado por la izquierda. Desde entonces también, de manera inexplicable la ampliación y mantenimiento del Metro dejó de ser prioridad para los sucesivos gobiernos supuestamente emanados del pueblo.

Cuando Cuauhtémoc Cárdenas asumió la primera jefatura electa, en 1997, simplemente abandonó la línea B del Metro, entonces en construcción, que se quedó por largo tiempo en obra negra, y sólo pudo ser concluida e inaugurada cuando el hijo del General salió para intentar sus sueños presidenciales. 

Luego vino el sexenio de López Obrador, en que el presupuesto que hubiera servido para dar mantenimiento mayor al sistema se usó para iniciar la construcción del segundo piso del Periférico, obra cuya información incluso se reservó por extraños motivos.

En el siguiente gobierno, el de Marcelo Ebrard, se construyó la Línea 12, con el desastre del que pocos años después nos enteramos.

Los siguientes gobiernos han prometido hacer ampliaciones de líneas que hasta la fecha no se terminan.

Una ciudad del tamaño de la capital de la República necesita una red con extensión de al menos el doble de la que actualmente tiene. Y requiere, por supuesto, del mantenimiento constante de las líneas en servicio, sobrecargadas por la falta de las otras rutas que aligerarían el tráfico.

Pero no se puede construir más y ni siquiera mantener dentro de parámetros de seguridad lo existente porque no hay dinero.

Por qué no hay recursos es todo un tema, al que nos abocaremos en una siguiente colaboración.

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