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miércoles, 15 de abril de 2020

La idiotez en la política

José Fernández Santillán
Twitter: @jfsantillan
Mail: jfsantillan@tec.mx 

En el marco de su “Informe al pueblo de México” para celebrar los 100 días de su segundo año de gobierno, el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, presentó un plan de reactivación económica para hacer frente a la emergencia provocada por la epidemia del coronavirus. Las expectativas eran altas; sin embargo, pronto nos dimos cuenta de que no traía nada en los bolsillos.

Se dedicó a anunciar que los planes existentes se reforzarían (la BBC dijo “son programas que ya había anunciado), se regodeó con las cifras: el programa “Sembrando Vida”, que incluye a 230 mil beneficiarios, se ampliará a 200 mil más; al programa “Tandas para el Bienestar”, que otorgará 356 mil créditos para pequeños negocios familiares, se agregarán, en este año, 450 mil tandas; se entregarán apoyos directos a 190 mil pescadores; habrá 2 millones 100 mil créditos personales para vivienda; anunció la reducción de los sueldos y la desaparición del aguinaldo para los altos funcionarios del gobierno federal. Prometió que en nueve meses crearía 2 millones de empleos.
Antes de que esto ocurriera diversos sectores le pidieron, enfáticamente, al presidente López Obrador que instrumentara un plan especial para atender la emergencia sanitaria.

Después de oír el mensaje de AMLO, Francisco Cervantes Díaz, presidente de la Confederación de Cámaras Industriales (Cocamin), dijo, lacónicamente: “no es lo que esperaban los empleadores, lo que necesitan. Las consecuencias pueden ser graves.” El Consejo Coordinador Empresarial, declaró: “nos parece una respuesta incompleta ante la gran dimensión de la crisis que enfrentamos.”

En la “mañanera” del día siguiente y ante las críticas recibidas, López Obrador respondió: “Algunos dicen ‘¿dónde está el plan para reactivar la economía’ porque lo que quieren es un banderazo de salida para de nuevo instaurar la corrupción en México y eso no, fui muy claro. En circunstancias como esta nació el Fobaproa, la deuda de unos cuantos se fue a la deuda pública y se dejó un boquete en las finanzas públicas, todavía los mexicanos pagan esas deudas.”

El Jefe del Ejecutivo puntualizó que su propósito es llegar, con los programas de Bienestar, a 22 millones de beneficiarios. Ese es su campo de acción, la clientela electoral que quiere tener asegurada para el 2021.

El estupor y la desilusión han cundido en diversos sectores sociales: la gente quería ver a un estadista ponerse al frente del país para lidiar con la epidemia; lo que salió a relucir es que AMLO es el jefe de una facción que defiende a capa y espada lo que considera suyo. En 31 de marzo, López Obrador pidió una tregua de un mes y llamó a la unidad; pero en esa misma alocución se desdijo: “No es el coronavirus, ni siquiera la crisis económica lo que les preocupa (a sus adversarios). No, lo que está en juego es si triunfa el cambio verdadero o fracasa. Ése es el desafío y el debate de fondo.” (Milenio, 1/IV/2020).

AMLO no tiene capacidad adaptativa, sigue montado en su macho: el supuesto plan de rescate no está orientado a enfrentar el coronavirus ni la crisis económica; está diseñado para afianzar la base de apoyo social de la 4T. En medio de una emergencia que nos atañe a todos, el presidente de la República decide actuar de manera facciosa, privilegiando a los suyos llamándolos “pobres”. Es más, recurrió a un mensaje del Papa Francisco: “Seremos juzgados por nuestra relación con los pobres.” Un artilugio y una flagrante violación al Estado laico. Muchos pobres no recibirán los beneficios de “la política social” de AMLO. Lo más terrible es que hace política populista jugando con la salud de los mexicanos.

Esta actitud de López Obrador me recordó, como dice Norberto Bobbio, “la lección de los clásicos”: en la antigua Grecia había dos conceptos: Koiné, que se refiere a lo que es común, o a lo que Jean Jacques Rousseau, siglos después llamaría “interés general”; Idia que denota lo particular.

Para que alguna persona fuese admitida en la asamblea popular (democracia) no solo debía demostrar su oriundez o un cierto rédito sino la suficiente inteligencia para pensar en bien de la Polis (ciudad-Estado), y no simplemente por su interés particular. Si no lograba demostrar esas tres cualidades no era admitido en la esfera política. De allí el término despectivo “idiota”.

Cierto, en el mundo moderno, la lucha entre intereses particulares, entre partidos, forma parte de la política liberal-democrática. Sin embargo, hay corrientes de pensamiento, analistas y políticos que piensan que allí se agota la política (en la teoría de las acciones racionales, Rational Choice); pero no es así. Hay momentos en que van por delante los “intereses generales”. Eso sucedió en la Segunda Guerra Mundial, y sucede ahora con la epidemia del Covid-19.

Esto no es utópico. Pongo un ejemplo: pese a lo encarnizada de la contienda política en Estados Unidos, el Congreso (republicanos y demócratas juntos) logro aprobar un presupuesto extraordinario de 2 billones de dólares para enfrentar la pandemia del coronavirus.

Pero en México, desgraciadamente, el presidente no entiende lo que es la Koiné.

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