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viernes, 3 de abril de 2020

Enfoque Global / Consejo de Científicos frente al COVID-19 para preservar el interés colectivo

José Luis Ortiz Santillán

Economías nacionales enfrentadas al coronavirus y sin perspectivas de crecimiento, innovando y buscando soluciones. El COVID-19 ha golpeado a no sólo a la economía china, sino a todos los países de Asia, Europa, América, África y Oceanía, cada uno según sus vínculos con el resto del planeta, de acuerdo con su capacidad para reaccionar frente a la pandemia y la fortaleza de su sistema de salud; pero cada país está respondiendo de manera innovadora, de acuerdo a su realidad, aún cuando se puede aprender de otros para ayudar a las empresas y hogares frente a la magnitud de responsabilidad política que la guerra contra la pandemia implica.

En México hay apenas 1,378 casos y 37 muertos, pero no así en otros países que han subestimado el impacto del COVID-19. Las cifras son alarmantes en los Estados Unidos y parece incontenible la pandemia a pesar de las medidas adoptadas. Hasta ayer jueves a medio día, las cifras indicaban que ya había 238 mil 823 casos y 5 mil 783 muertes producto del COVID-19; ese desastre sanitario ha provocado que millones de personas pierdan su empleo en este país; de tal suerte que, más de 10 millones de personas han perdido sus trabajos en las dos últimas semanas y en la última se hayan inscrito como desempleados 6.7 millones; por lo cual, la tasa de desempleo podría llegar a establecer un récord del 30%.

La pandemia ha atacado a Europa con una salvaje crueldad que ha sorprendido a todos los que creíamos que su sistema de salud era infalible; el caso de Italia, con 115 mil 242 casos y 13 915 muertes, lo confirma. Todos los sistemas de salud de los países europeos han sido puestos a prueba y los recursos con que contaban han sido insuficientes para enfrentar esta pandemia como sucede en España y Francia; de tal manera que, hoy nadie sepa cuánto durará esta crisis sanitaria, pero si cual será el impacto negativo que tendrá en la economía mundial y en la de cada uno de los países; pues en casi todos, como en México, los servicios no esenciales han sido cerrados por decreto gubernamental o por recomendación.

Lo anterior tiene un costo económico enorme para el sector privado y público en cada país. Aún cuando los modelos económicos no han revelado cifras sobre el impacto del COVID-19, algunas estimaciones preliminares indican que, por cada mes que las empresas, fábricas, bancos o las oficinas gubernamentales, las perdidas podrían traducirse en una caída inédita del Producto Interno Bruto (PIB) del 3%, en promedio anual, lo que conducirá a una profunda recesión a los países desarrollados y arrastrará tras de si al resto de los países emergentes, provocando más pobreza y conflictos sociales.

No es fácil confinar a millones de personas en sus casas, sobre todo cuando el peligro parece no ser eminente, en una guerra silenciosa cuyas víctimas sólo se cuantifican por los medios. A excepción de las imágenes presentadas sobre lo que sucede en Guayaquil, Ecuador, donde el COVID-19 ha infectado ya a 3302 personas y a medio día de ayer jueves había 120 personas muertas, donde las personas caían en las calles muertos y se amontonaban en la morgue, conduciendo a que fueran incineradas en la vía pública por temor al contagio, en el resto del mundo el impacto de la pandemia solo se ve por la escasez de camas, de mascaras respiratorias y medicamentos; o bien, por las estadísticas en los noticieros.

En este sentido, sin duda alguna, las libertades individuales están siendo cuestionadas frente al bien común. Para el presidente de México, duramente cuestionado por la oposición y sus detractores, ha sido una elección difícil aceptar el confinamiento de millones de mexicanos, sólo con el llamado a sus conciencias, sin tener que usar la fuerza del Estado como se ha hecho en Italia, España o Francia.

En el país galo, donde se supone que existe un alto nivel de conciencia social, el llamado al confinamiento voluntario inicial, como en México, condujo a millones de franceses a suponer que estaban en una especie de vacaciones de primavera y llenaron las orillas del Río Sena en Paris y los jardines para asolearse; por lo cual, el presidente Emmanuel Macron, el 21 marzo pasado, debió recurrir al ejercito para hacer entender a sus ciudadanos de la magnitud del peligro que enfrenta.

En México hay un llamado a quedarse en casa y no salir para enfrentar la pandemia, pero millones de ciudadanos aún suponen que es un juego el mantenerlos confinados. Muchos mexicanos se niegan a perder el control de sus vidas y cuestionan las decisiones y acciones del gobierno para enfrentar este reto; algunos políticos que en otros sexenios fueron figuras y se resisten a caer en el olvido, en el basurero de la historia, diariamente lanzan improperios sin sentido contra el presidente, los cuales son replicados por jóvenes sin conciencia social, algunos parásitos sin educación ni cultura, que hacen de las redes sociales su medio de expresión, defendiendo un modo de vida que no tienen ni tendrán con este u otro gobierno, porque optaron por vivir de la realidad virtual, de las apariencias, y no luchar para modificar su realidad y la del país.

Nadie quiere dar su brazo a torcer en México, los llamados del presidente a unir esfuerzos y cerrar filas frente a la pandemia no parecen ser escuchados. Nadie se atreve a discutir sobre el valor de la libertad de cada uno de nosotros frente a la seguridad colectiva de todos los mexicanos; los críticos del presidente desean ver correr el dinero público hacia las empresas, como sucedió con el rescate bancario y carretero en 1995, que hizo que millones de pesos terminaran en cuentas de empresarios privilegiados por el poder y los ciudadanos continuaran hasta hoy pagando esos recursos malversados.

Lo lógico, en aras del fortalecimiento de la democracia, sería que ninguna decisión pública sea tomada sin la discusión parlamentaria y la participación de todos. Sin embargo, hay que entender que, bajo la gravedad de la coyuntura actual, se ha delegado nuestra libertad a decidir en un Consejo de Científicos, cuyas decisiones deberíamos acatar en lugar de cuestionar si es el presidente o no quien debe comunicar e indicar que hacer, en bien de la seguridad colectiva; pues frente a la pandemia, hoy el bien común tienen el mismo valor que las libertades individuales.

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