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martes, 4 de febrero de 2020

El agravio contra la “Marcha por la Verdad”

José Fernández Santillán
Twitter: @jfsantillan
Email: jfsantillan@tec.mx

Oportunamente, Carlos Vilalta recuerda que, de Zedillo a López Obrador, o sea, a lo largo de cinco sexenios, ha habido seis marchas contra la inseguridad (El Universal, 26/01/2020), en 1997, 2004, 2008, 2011 y 2014 a las que se suma la del pasado domingo 26 de enero. A pesar del tiempo transcurrido, se aprecia entre ellas un hilo conductor: en todas esas manifestaciones lo que se ha pedido es un cambio de estrategia gubernamental en vista del fracaso de la lucha contra la violencia y el crimen organizado.

Es curioso y no carente de significado que, en la protesta de 2004, cuando Andrés Manuel López Obrador era Jefe de Gobierno, éste descalificó a los manifestantes llamándolos “pirrurris”. Ya desde entonces mostraba su animadversión contra aquellos que no estaban de acuerdo con su manera de proceder; dejó entrever su talante autoritario e intolerante que hoy muestra sin tapujos.

La marcha de 2011 se debió, fundamentalmente, al asesinato de Juan Francisco Sicilia hijo de Javier Sicilia. En esa ocasión se pidió la renuncia de Genaro García Luna, Secretario de Seguridad Pública. Sicilia propuso: la estipulación de un pacto ciudadano para fiscalizar a los gobernantes; establecer un calendario para el regreso del Ejército a sus cuarteles, y mejorar la democracia representativa.

Ciertamente, cada protesta ha tenido sus propias características: la más reciente, vale decir, “La Marcha por la Verdad, La Justicia y la Paz” se distinguió porque a ella se sumaron familiares de personas desaparecidas o asesinadas en varios estados de la república. También estuvieron presentes algunos de los padres de los 49 niños que murieron en la guardería “ABC” en Hermosillo, Sonora, el 5 de junio de 2009. Los marchantes se quitaron los zapatos en homenaje a la niña Mackenzie quien caminó descalza 10 kilómetros buscando ayuda para sus hermanos después de que fueran acribillados el 4 de noviembre de 2019 en lo que hoy se conoce como “la masacre de los LeBarón”. La caravana hizo un alto frente al Senado de la República como un llamado para que el poder Legislativo también tome cartas en el asunto y sirva de verdadero contrapeso frente al Poder Ejecutivo.

Con todo, hay un rasgo de esta “Marcha por la Verdad” que no había aparecido antes: el punto de partida fue, días antes, la ciudad de Cuernavaca. En la Ciudad de México inició en la “Estela de Luz” con destino al Zócalo. No obstante, al entrar a la Plaza de la Constitución, los esperaban partidarios enardecidos de AMLO para insultarlos y agredirlos. Una turba fanatizada, y seguramente manipulada, reflejo del carácter intolerante y antidemocrático de su líder.

Este hecho es un síntoma preocupante porque la democracia se nutre de la dinámica entre consenso y disenso. Al contrario de lo que comúnmente se cree en el sentido de que la democracia es el gobierno de la mayoría, debemos especificar que el principio de mayoría es un elemento necesario, pero no suficiente para definir a la democracia. El grado de suficiencia lo da el respeto por las minorías. Ese es el problema del populismo: cree que al alcanzar la mayoría tiene derecho a actuar a nombre de todos (pars pro toto) sin tomar en cuenta ni respetar a las minorías. Los líderes populistas desdeñan el hecho que la democracia liberal establece límites tanto a los gobernantes como a su partido y sus partidarios.

Uno de los grandes logros de la transición a la democracia en México es que logró estabilizar el pluralismo: reconocer que ninguna fuerza política era hegemónica y que nadie era el poseedor monopólico de la verdad. La nueva política marcaba hacia el diálogo y la construcción de acuerdos, lo cual suponía el respeto por el oponente.

De 1977 en adelante no solamente logramos un cambio en las instituciones y en las normas; también fuimos transformando las mentalidades a través de una educación cívica que cambió la manera de concebir al “otro”, no como un enemigo que debía ser aniquilado, sino como un adversario con el cual se debía conversar y edificar compromisos.

Hoy el problema es que, con el retorno de un partido dominante y un presidencialismo omnímodo estamos dando un salto al pasado, asistimos a una regresión política muy peligrosa en la cual la intolerancia y el culto a la personalidad se han adueñado de la escena pública.

Como dice Nadia Urbinati: “El líder carismático presume dos características interrelacionadas: Una fe religiosa que las masas tienen en su líder providencial y una identificación irracional de las masas con su líder.” (Me The People, Harvard University Press, 2019, p. 120).

Si AMLO dijo que no recibiría a “la Marcha por la Verdad” argumentando: “para no hacer show y cuidar la investidura presidencial”, pues dejó el terreno preparado para que sus huestes se lanzaran al ataque.

Herbert Spencer tenía razón cuando afirmaba que hay estados que no sólo no cumple con su responsabilidad fundamental: proteger a las personas, sino, además, las agrede (The Man versus the State, Liberty Fund, 1982, p. 143).

Se trata de un signo ominoso, una seria advertencia.

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