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lunes, 10 de febrero de 2020

AMLO y el Pueblo

José Fernández Santillán
Twitter: @jfsantillan
Email: jfsantillan@tec.mx

Acaso el concepto más usado en el discurso político del presidente Andrés Manuel López Obrador sea “el pueblo”. Hay muchos ejemplos: “el pueblo da y el pueblo quita”; “estaremos aquí hasta que el pueblo lo decida”; “mi gobierno no es una dictadura, si el pueblo lo decide me voy”, “ahora manda el pueblo”. De hecho, lo que él bautizó como la “Cuarta Transformación” es un cambio de régimen, o sea, una democracia más auténtica que incluye a la democracia directa, la consulta popular. Cada que puede, el tabasqueño echa mano de ese recurso.

El problema radica en que el término “pueblo” en los sistemas populistas es dotado de una flexibilidad pasmosa, como un acordeón, algunas veces se amplía, otras veces se contrae de acuerdo con criterios de conveniencia y oportunidad. Pongamos por caso el resultado de las elecciones presidenciales que se celebraron el 1 de julio de 2018: AMLO ganó con el 53 por ciento de los votos; por deducción lógica, las otras opciones recibieron el 47 por ciento de los sufragios. El problema fue que la participación se quedó en un 62.65 por ciento. Dicho de otra forma, López Obrador recibió 30 millones de votos. No obstante, el padrón electoral está compuesto por cerca de 90 millones de personas. Así tenemos que, en términos reales, dos de cada tres ciudadanos no votaron por AMLO. En consecuencia, tenemos un déficit de legitimidad que, obviamente, no puede ser achacado al actual presidente de la república, sino más bien al diseño institucional y electoral que debería ser reformado para que los representantes y gobernantes tenga mayor representatividad y legitimidad.

Aquí es donde vale la pena hacer una aclaración semántica: el pueblo de México, así en conjunto, lo conformamos 126 millones de personas. Quienes tienen el derecho de votar son, como hemos dicho, cerca de 90 millones de persona, vale decir, los que tienen de 18 años en adelante. Esa parte de la población goza de los llamados derechos políticos también conocidos como derechos ciudadanos.
Ni duda cabe, Andrés Manuel López Obrador, ganó gracias a que obtuvo una amplia mayoría.

Empero, como lo hemos afirmado en repetidas ocasiones en este espacio la democracia liberal no es el gobierno de la mayoría (esa es una equivocación garrafal). Dicho con propiedad, la democracia liberal es el gobierno de la mayoría que respeta a las minorías y que, para tener un más alto grado de “democraticidad”, propicia el acuerdo con esas minorías.  Se requiere, en la medida de lo posible, que las decisiones sean aprobadas con los más amplios consensos; mediante la estipulación de compromisos entre las partes. De esta manera, la democracia no es el gobierno de la mayoría, sino que es el gobierno de todos, mayoría y minorías incluidas. Luego entonces, la democracia es el gobierno de todos (mayoría y minorías incluidas).

Por ese motivo entre los prerrequisitos de la democracia liberal están la tolerancia, el diálogo, la libertad de pensamiento, la libertad de prensa, la libre circulación de las ideas, esto es, el respeto de los derechos civiles, pero también el reconocimiento de los derechos políticos que suponen el pluralismo y, con ello, el respeto del oponente.

Marco Revelli en su libro El Nuevo Populismo. La democracia mira hacia el abismo. (The New Populism. Democracy Stares into de Abyss, London & New York, Verso, 2019, p. 3) afirma: “La verdad es que la democracia y el populismo están interrelacionados por una conexión inquebrantable. Se trata de un vínculo originario: tienen raíces comunes. Demos en Griego y populus en Latín se refieren al mismo sujeto, el pueblo”.

El problema surge en la distinción entre democracia y populismo. Y esta diferencia se observa claramente cuando alguien como Andrés Manuel López Obrador habla por cuenta del pueblo (como totalidad) cuando en realidad está hablando tan solo a nombre y por cuenta de una parte. Eso no es democrático (incluyente), eso es populismo (excluyente).

Por eso, no olvidemos las principales características del populismo: la presencia de un líder; el vínculo simbiótico entre el líder y las masas sociales que lo apoyan; la ubicación de un enemigo contra el cual canalizar la ira de ese pueblo; la interpretación de la política como sinónimo de conflicto.

Federico Reyes Heroles (“Feria de ofensas”, Excelsior, 4/02/2020) ha puesto de relieve la índole rijosa de López Obrador y sus seguidores. Sus conferencias mañaneras están salpicadas de descalificaciones en contra de quienes no piensan como él.

Una de las argucias retóricas del presidente López Obrador está en hablar, precisamente, a nombre del pueblo, en general, cuando en realidad está hablando del pueblo que respalda sus ideas y su manera de proceder; el no-pueblo (los otros) simplemente es desdeñado, dejado a la vera del camino. Los intelectuales, medios de comunicación, empresarios, políticos y partidos que no se pliegan a sus caprichos son descalificados como “conservadores”.

El peligro de la democracia directa consiste, precisamente, en que AMLO organiza la kermés y allí pregunta “alce la mano el que esté de acuerdo en que detengamos el aeropuerto de Texcoco”. Todos los presentes alzan la mano, y el director de escena feliz y contento dice “ese es mi pueblo”.

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