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viernes, 30 de agosto de 2019

Economía y Política / Golpe a Duque, al uribismo y a EU

Miguel Ángel Ferrer

Desde el mismísimo momento en que fueron firmados los acuerdos de paz entre el gobierno colombiano y las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) se sabía que esos pactos sólo eran papel mojado. Y que lejos de ser acuerdos de pacificación constituían más bien la nítida capitulación de la guerrilla frente al ultrarreaccionario gobierno colombiano y frente a Estados Unidos.

Con base en la experiencia histórica de otros acuerdos de paz en la propia Colombia y en El Salvador se podía prefigurar que esos dichosos acuerdos eran la vía para el lento y selectivo aniquilamiento físico de dirigentes y combatientes guerrilleros. Constituían en realidad el logro de la paz por la ruta del aniquilamiento del adversario.

Pero ahora, tres años después de la firma de los acuerdos, una facción de las FARC ha decidido retomar la lucha armada. Sólo que lo hará en condiciones muy precarias. Desarmados y largamente desmovilizados se enfrentarán a un Estado asistido por Washington con cuantiosos recursos financieros y con la más moderna tecnología electrónica y satelital para usos militares y contrainsurgentes.

Frente a esta nueva situación bien podría decirse que las FARC, derrotadas por sí mismas hace tres años, ahora al menos dejan atrás la derrota moral, cuestión nítidamente expresada en la mampara que acompañó el anuncio del nuevo alzamiento: “Mientras haya voluntad de lucha habrá esperanza de vencer”.

Nadie, desde luego, podría esperar la victoria de las FARC sobre el Estado colombiano y sobre EU en un plazo determinado. Pero la guerrilla ha recuperado su papel de interlocutor político válido frente a la sociedad colombiana y ante el mundo. Y ha recuperado igualmente su papel de denunciante de las actividades y atrocidades de un gobierno que sólo representa los intereses económicos, militares y geoestratégicos de la oligarquía y de EU.

Ahora las FARC deberán prepararse para sobrevivir al feroz ataque ya en marcha del gobierno de Iván Duque y de EU. Y por si hiciera falta, aquí está la mayor evidencia de lo acertado de la decisión de la histórica guerrilla: la indeclinable enemistad de Bogotá, del uribismo y de Washington.

Acabar con las FARC es la obsesión de estos tres poderes reaccionarios. En su propia destrucción las FARC pusieron su granito de arena. Y luego de la autocrítica y la rectificación, tendrán que adaptar la lucha a las nuevas circunstancias.

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