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martes, 9 de julio de 2019

Debate Puntual / Que hablen los resultados

Fernando Hernández Marquina
@fhmarquina

El gobierno federal se suele presentar, en el discurso, como amable interlocutor: llama a la unidad, a evitar confrontaciones. Sin embargo, en el mismo discurso puede aventar dos o tres piedras en contra de aquellos a quienes, segundos antes, llamó a la conversación fraterna. Es tanto el poder de su discurso que, apoyado por las mañaneras, son raros los días en los que las primeras planas no se entregan al discurso oficial.

¿En verdad necesitamos escuchar y leer cada palabra que dice el presidente? A primera instancia, muchos dirán que sí. Después de todo, la voz de un mandatario da señales sobre posibles acciones que pueden repercutir dentro y fuera de su jurisdicción. Lo vemos a cada momento con Donald Trump, sus declaraciones, sus tuits, y las tormentas que desata alrededor del mundo.

Pero creo que hay algo que puede hablar más allá de toda palabra y todo discurso: los hechos. En el caso del gobierno mexicano, sus acciones deben traducirse en resultados para sus gobernados. Es ahí donde, hasta hoy, seguimos esperando que los cambios sean notorios. Todavía no se ve la confianza del sector empresarial, no se ven las inversiones ni se siente que el dinero comience a fluir hasta alcanzar el bolsillo de los ciudadanos comunes y corrientes.

Por el contrario, tenemos un empresariado que cuenta los meses, semanas o días que puede sobrevivir sin los temidos recortes, es decir, sin afectar la vida de quienes conforman y fortalecen a sus empresas. Sin la inversión privada, no existe presupuesto federal que alcance para emplear a todos los que conforman las filas del desempleo (una bolsa que el propio gobierno, con la exacerbada austeridad, ha ayudado a crecer). Ni todos los ahorros de la austeridad y el combate a la corrupción serán suficientes para alimentar y becar y brindar salud a 120 millones de mexicanos.

Esa unidad que se canta en las mañaneras, esa confianza que se pide en las reuniones con los grupos empresariales, esa fe que exigen los seguidores de AMLO, todo necesita encontrar su base en resultados tangibles. El discurso oficial continúa confrontando; suelta frases en busca de la risa empática antes que de la seriedad que requieren ciertos temas; menosprecia o desprestigia a sus interlocutores antes que construir puentes para trabajar en conjunto por el país. ¿Por cuánto tiempo las primeras planas continuarán rodeadas de la polémica y no de los logros de un gobierno que insiste en mostrarse como honesto y voluntarioso?

Los comentaristas oficiales se enfrascaron en días recientes en el tema de los bots de las redes sociales, acusando a distintos personajes de la construcción y el manejo de panales enteros de cuentas con las que, dicen, se ataca a la 4T. Curiosamente, no hablan de los enjambres con los que inflan los hashtags artificiales creados para mostrar apoyo al gobierno.

Parecería que, desde los medios estatales, se trata de acallar las voces que no concuerdan con el oficialismo, gastando esfuerzos valiosos en acciones vanas que atentan contra la democracia y la libertad de expresión, antes que enfocar el trabajo en la atención a los temas en verdad importantes: la economía nacional, el empleo, la seguridad, la salud…

Desafortunadamente, cada vez son menos evidentes las acciones que, se supone, están encaminadas en terminar con el marasmo en el que se encuentra el país. Tenemos, como una línea paralela del discurso oficial, una batería de ataques constantes que promueven la confrontación y profundizan las diferencias entre mexicanos. Ojalá, en nuestro Debate Puntual, podamos avanzar realmente hacia el fin de las confrontaciones. La verdad absoluta que grupos progobierno y opositores quieren ostentar no es más que autoengaño: en una sociedad de millones, la pluralidad de puntos de vista es algo natural. México no puede permanecer detenido mientras se define quién es el ganador de esta innecesaria confrontación. Que los resultados hablen y que el país en verdad avance.

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