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martes, 9 de abril de 2019

Las obsesiones de Donald Trump

Fernando Hernández Marquina

¿Cuáles son las cualidades que debe tener el presidente de una nación? Si se hiciera una encuesta entre sus gobernados, lo más probable es que “determinación” llegaría a las primeras diez respuestas más repetidas por las personas entrevistadas. La determinación, en su acepción positiva, se relaciona con la persecución de una meta, la perseverancia, el trabajo duro y el esfuerzo sin tregua, cualidades que debería tener cualquier líder.

Pero, ¿cuáles son los límites de la determinación? ¿Cómo saber cuando se transforma en terquedad, obstinación u obsesión? Los límites son difusos y no es extraño que, pasado el encanto de los primeros meses o años de gobierno, las decisiones de un gobernante pierdan sentido paulatinamente para algunos sectores de la población y comience a hacerse latente el descontento público frente a lo que parecía determinación pero se convirtió muy rápido en necedad.

En esa línea avanzan las decisiones que el presidente Donald Trump ha tomado en los últimos meses con respecto al flujo migratorio que tiene como destino Estados Unidos. Hasta el día de hoy, no logra un consenso entre congresistas ni ciudadanos para respaldar sus propuestas orientadas a enfrentar la migración ilegal que, según sus ideas, ha colmado su país.

Conocemos el discurso de Trump. División, xenofobia, miedo, realidades alternas y un deseo patológico, casi infantil, de salir bien librado de cualquier comentario dicho o de cualquier decisión tomada.

El presidente nunca tiene la culpa. Si algo no avanza dentro de su gabinete, la culpa es de alguno de los funcionarios a quien exigirá su renuncia cuando menos lo espere. Si el Congreso es incapaz de conseguir los fondos necesarios para la construcción del infame muro, la culpa es de un Partido Republicano que no es capaz de negociar con la oposición, y de un Partido Demócrata que no entiende las emergencias declaradas por el mandatario. Si los migrantes latinoamericanos llegan hasta la frontera sur de Estados Unidos, es culpa de México, que no hace lo suficiente por frenar el avance de las caravanas.

Lo sabemos desde 2016: Donald Trump quiere reelegirse. Hace 3 años le funcionó a la perfección inspirar miedo en los electores, jugar con la xenofobia estadounidense latente desde el 9/11, ofrecer seguridad a una población que tiene miedo de los extranjeros a pesar de contar con arsenales personales dentro de sus propias casas.

El punto que debemos tener en cuenta es cómo reaccionarán los estadounidenses, en particular los congresistas, frente al discurso político de Trump que, ya en campaña, delinea nuevos cambios en la política migratoria, y amenaza (un día sí y el otro también) con cierres fronterizos, fortalecer la militarización de la frontera o, las más recientes: más aranceles a automóviles provenientes de nuestro país, la reubicación de 750 agentes en la franja fronteriza, y la imposición del lapso de un año para que México logre frenar la migración masiva (sobra decirlo: un año en el que el tema migratorio será constante en su discurso, junto con las amenazas y las medidas efectistas que puedan generarle más votos).

En un Debate Puntual es posible identificar temas que deberían ser prioritarios en la agenda presidencial pero que quedan en segundo plano por la determinación de Donald Trump por ganar las elecciones venideras (con la misma fórmula que lo llevó al triunfo en 2016). Como suele ocurrir en estos casos, para muchos de los observadores estadounidenses e internacionales es cada vez más difícil encontrar la frontera entre las obsesiones y la determinación del mandatario.

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