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lunes, 22 de abril de 2019

La tragedia convoca, la unidad resuelve

Fernando Hernández Marquina

En las últimas semanas, los hechos que ocurren en el mundo nos han recordado que, en los mejores escenarios, después de la tragedia vienen importantes muestras de solidaridad, apoyo y unidad.

El primer ejemplo lo vimos con el lamentable incendio de la catedral de Notre-Dame, en París. Sin bien se tuvo la fortuna de no contar con pérdidas humanas, el simbolismo histórico que envuelve a ese recinto, así como los bienes artísticos y culturales que alberga, se vieron afectados en un porcentaje importante por las llamas. La tragedia convocó a millones de personas en todo el mundo que mostraron su solidaridad con los parisinos y, rápidamente, se contó con la promesa de recursos suficientes por parte de personas, empresas y gobiernos para restaurar uno de los emblemas de la Ciudad de la Luz.

El segundo ejemplo, mucho más doloroso, es la cadena de atentados en Sri Lanka, los más violentos desde el fin de la guerra civil que vivió ese país. Al cierre de esta columna, se contaban más de doscientas víctimas mortales como resultado de los recientes hechos trágicos. En esta ocasión, fueron los líderes de distintas naciones quienes mostraron su apoyo a los ceilandeses y sus condenas contra la intolerancia, el odio religioso y los ataques perpetrados en nombre de doctrinas e ideologías.

En México vivimos también esa convocatoria tras el sismo del 19 de septiembre de 2017. Ciudadanos, gobiernos federal y locales, gobiernos y ciudadanos extranjeros, todos mostraron su solidaridad con los afectados por la devastación. Por supuesto, los mexicanos dimos grandes muestras de lo que podemos lograr en unidad.

Este fin de semana, noticias como la matanza de Minatitlán o el asesinato del muralista potosino Héctor Domínguez a manos de un grupo de hombres armados nos recuerdan que tenemos muchos temas no resueltos en nuestras vidas cotidianas, y es trabajo de todos encontrar respuestas para frenar aquellos hechos que ensombrecen la vida de millones de mexicanos.

Parece que, en todo el mundo, nos hace falta saber cómo sacar el mayor provecho de la unidad. Las ideologías religiosas, políticas y hasta culturales suelen ser suficientes para separarnos en grupos, en clases, en niveles. A partir de esa separación, se suele generar cierta desconfianza y hasta miedo hacia el otro, el que piensa diferente, el que cree en algo distinto, el que actúa fuera de la norma de cierto grupo. Las consecuencias de llevar esa desconfianza y ese miedo al extremo las vemos, tristemente, de forma continua en noticias que llegan de todo el globo.

Parece que olvidamos (o no hemos sabido asimilar) que la unidad es la que lleva a la construcción y reconstrucción de las civilizaciones. En México, eso quedó muy claro después del terremoto de 1985. Los esfuerzos de unos pocos habrían sido insuficientes para salvar vidas, para levantar nuevas viviendas donde quedaron toneladas de escombro. Sin embargo, en el día a día, parece que necesitamos esos recordatorios, terribles y dolorosos, para reconocer que es a través de la unidad que podemos caminar hacia el futuro de las naciones y del mundo entero.

Parece que, con la hiperconectividad global, se vuelve más evidente cómo la multiplicidad de ideologías y la falta de respeto y tolerancia hacia el otro atentan cotidianamente contra lo que se supone que construyen la modernidad y las democracias. En un sentido, es positivo que podamos conocer en segundos sobre las transgresiones basadas en la intolerancia y el miedo que se dan en todo el mundo, si es que eso nos puede llevar a prevenirlas, evitarlas y erradicarlas. Por otro lado, no hay muestras claras de que, como humanidad, seamos completamente capaces de encontrar soluciones para que dichas acciones no sean parte de nuestro presente.

¿Por qué seguimos sin involucrarnos activamente en el mejoramiento de nuestras comunidades? ¿Por qué insistimos en ser parte de las divisiones o de las omisiones que derivan en actos lamentables? A veces olvidamos que, sí, necesitamos líderes que sepan actuar de forma rápida y eficaz frente a los acontecimientos emergentes, así como líderes que sepan unir los esfuerzos y las voluntades de los ciudadanos en busca de un bien común. Olvidamos también que no siempre es bueno depender del líder, cuando la comunidad puede unirse y buscar respuestas prontas, viables, eficientes y, por supuesto, legales a los problemas que enfrentamos día con día.

Como en otras entregas anteriores de nuestro Debate Puntual, los invito a reflexionar sobre el papel de la ciudadanía en el devenir del país y de la humanidad. No somos ajenos a nuestras comunidades, sociedades ni democracias. De nada sirven numerosas muestras de apoyo externas si, cuando debemos atender los problemas, somos incapaces de trabajar juntos y caminar en la misma dirección. Es hora de que pensemos y dialoguemos sobre cómo fomentar la unidad que nos llevará a enfrentar las emergencias, evitar las tragedias y, cada día, reforzar las bases de nuestro futuro.

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