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martes, 5 de marzo de 2019

La fe al alza; expectativas y perspectivas a la baja

Fernando Hernández Marquina

Para cerrar febrero, la calificadora Standard & Poors bajó la perspectiva de calificación a México de estable a negativa, lo que, entre otras cosas, se traduce en un panorama de menor crecimiento económico para el año en curso. Unos días antes, el Banco de México hizo lo propio, reduciendo la expectativa de crecimiento del país a un estimado de 1.6%, muy por debajo de las promesas del Gobierno Federal, que calcula esa cifra en un 4%. Éstos se suman a los análisis previos de HR Ratings y Moody’s, siempre con pronósticos a la baja.

La respuesta del presidente no es alentadora. Sin datos duros, se limita a decir que “vamos bien”, que “México es un gran país”, y que va a “demostrar que la economía va a crecer más”. Por su parte, Graciela Márquez, secretaria de Economía, dice que “confía” en que el escenario que preocupa a las calificadoras se revierta una vez que los proyectos del presidente “den resultados”.

Lo que, en pocas palabras, está exigiendo el Gobierno de México a sus ciudadanos es un acto de fe ciega, pues hasta ahora lo único que tenemos como evidencia son las “buenas intenciones” de sus representantes, a veces opacadas por el sesgo y la subjetividad con que el primer mandatario decide quienes sí y quienes no deben pronunciarse sobre la vida pública de la nación.

Parecería que el partido en el poder está más interesado en ampliar su estructura electoral mediante apoyos económicos populistas disfrazados de programas sociales; en imponer los macroproyectos del presidente en el sureste de México (sin viabilidad ni sustento técnico), y en definir las líneas de lo que -el propio presidente lo ha dicho- serán sus legados. El gobierno está tan inmerso en su programa paternalista que se ha ausentado de la realidad en el ámbito económico, algo que no puede dejarse de lado y que, por ende, dispara la preocupación de las calificadoras crediticias. Para los especialistas, no existe actualmente un equilibrio entre las prioridades sociales y la estabilidad macroeconómica, y llama la atención después de tres administraciones que tuvieron políticas responsables en ese rubro. Lo que más preocupa a los que entendemos el sentido negativo de la nota publicada por S&P es lo que ésta dice al mundo: México no es un país estable en terminos de inversión. Eso basta para que las empresas no consideren a nuestra nación para traer sus negocios, ni para generar empleos.

Lo anterior se resume en la disminución de la confianza del sector privado, y la consecuente menor inversión durante los primeros meses del sexenio. No ayudaron las distintas huelgas que estallaron a lo largo del país, ni la escasez de combustibles, ni mucho menos la interrupción del flujo de productos y mercancías mediante vías férreas.

Puede aumentar esa desconfianza la estela que deja la cancelación del NAIM, que recientemente liquidó 34 mil millones de pesos correspondientes a la FIBRA E, para evitar litigios internacionales por parte de los inversionistas. Y ni qué decir de la incertidumbre que ocasiona la falta de estudios serios, exhaustivos y públicos sobre la viabilidad de proyectos como el Tren Maya, el Aeropuerto de Santa Lucía o las refinerías. Esas y otras decisiones mantienen en freno parcial las grandes actividades económicas y financieras que ayudan a crecer a cualquier nación.

Algunas encuestas aseguran que la popularidad del presidente va en aumento. Por lo que respecta a la fe, tenemos esa parte cubierta: hay gente que cree en su proyecto y eso es positivo para la construcción de un gobierno y de una democracia. Lo que no me parece adecuada es la falta de visión para darle solidez a las finanzas públicas, a la economía mexicana y al futuro mismo del país.

Coincido en la importancia de construir un país que involucre a todos sus actores. Por esa misma razón, no creo en un proyecto que deja afuera a inversionistas privados ni a ciudadanos. Ni unos ni otros son ajenos al devenir de la nación.

Si bien es posible que las calificadoras se equivoquen, el gobierno federal no debería hacer oídos sordos a los análisis que se han realizado, ni vanagloriarse de su propia sabiduría y su empeño en cambiar las cosas como si fueran suficientes para arreglar todos los problemas que enfrentamos.

Recordemos que no es solo una institución la que ha alertado sobre la disminución de las previsiones de crecimiento; ya son varias las voces que se pronuncian en ese sentido. Sería un error creer que sólo el presidente o su gabinete son los poseedores de la verdad.

México no puede aislarse del mundo, ni puede plantear un futuro en el que la inversión privada y/o extranjera está marginada, puesto que la nación no sólo subsiste de la recaudación fiscal o de las empresas productivas del Estado. Por ello, considero que el presidente debe sumar a su Debate Puntual un elemento extra a sus ecuaciones: un país no vive sólo de fe, y sí es muy importante aumentar con los hechos, con buenas decisiones, la confianza en quienes están dispuestos a invertir y hacer crecer a México.

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