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martes, 18 de diciembre de 2018

Enfoque Global / Una nueva política económica que asoma

 José Luis Ortiz Santillán

El Paquete Económico 2019 será el inicio de una nueva política económica, pero sobre todo, la clave para cumplir las promesas de campaña que llevaron al poder al presiente Andrés Manuel López Obrador. Lo más relevante del proyecto de política económica y social, que se resume en el presupuesto de egresos y Ley de Ingresos para 2019, es que lejos de prometer lo inalcanzable, como sucedió en 2012 con el presidente saliente, que planteaba en los Criterios de Política Económica tasas superiores al 4 y 5% de crecimiento, ahora se propone un crecimiento moderado de 1.5 al 2.5%, con una inflación heredada de la liberalización de los precios de los carburantes de 3.4% y un tipo de cambio de 20 pesos por dólar.

Con esa propuesta se espera que la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) recaude 5.27 billones de pesos, con lo cual se financiará un gasto público de 5.77 billones de pesos. Por supuesto, la diferencia entre los ingresos y el gasto tendrá que ser financiada con recursos del exterior, aun cuando la reducción de la deuda pública sea un objetivo del gobierno. No obstante, un buen ejercicio macroeconómico y ajustes fiscales podrían contribuir a materializar el superávit primario del 1% que plantea el proyecto de Paquete Económico 2019.

La inflación, después de las crisis de las últimas tres décadas del Siglo XX, ha sido el fantasma que ha ocupado el tiempo del Banco de México. El banco central del país ha dirigido la política monetaria de acuerdo con la dirección en que soplan los vientos, de tal forma que sus objetivos de inflación han determinado el rumbo de la política macroeconómica. Sin embargo, dejar de administrar la inflación, la economía del país, para impulsar su crecimiento, requiere dejar el fantasma de la inflación de un lado y pensar en el uso de mecanismos macroeconómicos para crecer, crear empleo y aumentar la demanda agregada de la economía, para incorporar a los más de 55 millones de pobres a la economía, mejorar sus nivel de ingresos y su nivel de consumo, proporcionándoles trabajo y acceso a créditos blandos para la compra de materiales de construcción, línea blanca y electrodomésticos, por ejemplo; con lo cual se puede dinamizar la economía.

Pero nadie puede obligar al Banco de México y a la Comisión bancaria y de Valores hacer lo que no estiman correcto. No obstante, si bien hasta ahora el presidente de México ha prometido respetar la autonomía del Banco de México, el cual en estos años ha estado encargado de administrar la inflación con su política monetaria y fijando sus objetivos anuales, reduciendo o ampliando su oferta monetaria, vendiendo dólares para defender la paridad del peso respeto al dólar o captando divisas para aumentar sus reservas; hay nuevas visiones que se quieren imponer en el mundo.

El mundo financiero está cambiando y la crisis de 2008, que no termina de desvanecerse, está cambiando las visones de los gobiernos sobre la pertinencia de autonomía de los bancos centrales. Si los lectores están enterados, sabrán que, desde hace varios meses, los bancos centrales han estado bajo presión; muchos gobiernos desean influir en la política monetaria, algunos para aumentar la inflación y evitar la depresión de los precios, el estancamiento de la demanda interna y del crecimiento de sus economías como en Alemania o Estados Unidos.

El presidente Donald Trump llegó al poder para revolucionar los equilibrios y una visión, casi unipolar, de como debería de ser la economía, las finanzas y el comercio exterior. La Reserva Federal de los Estados Unidos está en manos de Jerome Powell y él no se encuentra en un “lecho de rosas”; por el contrario, está bajo la metralla de los tweets del presidente Donald, quien lo puso en ese puesto, pero vigila lo que hace o deja de hacer, criticando su política de ajuste monetario, la cual considera nociva para el crecimiento de la economía.

Existen otros ejemplos de problemas en la conducción de las políticas de los bancos centrales. En Turquía, luego de las sanciones de los Estados Unidos, Erkan Kilimci, vicegobernador del banco central de Turquía, debió renunciar en agosto pasado, luego que se vio enfrentado a oposición del presidente Erdogan al aumento de las tasas de interés para frenar la inflación; además, está el caso del gobernador del banco de la reserva de la India, Urjit Patel, quien renunció luego de un enfrentamiento con el primer ministro, Narendra Modi. Algo similar sucede en Europa, donde el Banco Central Europeo a diario es objeto de criticas y se le acusa de arruinar a los ahorradores.

Los bancos centrales se han vuelto los gendarmes de la inflación. Un banco central independiente puede tomar decisiones para equilibrar una economía fuera de control y controlar la inflación; mientras que el gobierno debe conciliar sus objetivos de términos de crecimiento, creación de empleos, ingresos y gasto; pero siempre será más fácil emitir moneda que recortar el gasto o aumentar los impuestos, algo que el FMI siempre ha priorizado cuando parece una crisis, recortar el gasto social, sin importar sus consecuencias.

No obstante, creo que ha llegado la hora de diseñar una nueva política económica y social de manera conjunta. Sobre todo, por que es posible que la oposición, viendo lo que pasa en el mundo, y en Francia en particular, mañana invente los “Chalecos Amarillos” en México y exija la reducción de impuestos, como el IVA que propuso aumentar en el pasado con la “Roque señal”, el aumento de los salarios, a cuya reducción se resiste en la administración pública, y la reducción de los precios de la gasolina, demanda que el PAN ya ha retomado, olvidando que fue ese partido con el PRI, con su reforma energética, que encarecieron la gasolina en el país.

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