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lunes, 12 de noviembre de 2018

Enfoque Global / Estados Unidos, la mayoría se resiste al sistema antidemocrático

José Luis Ortiz Santillán

Todo el mundo ha estado atento a los resultados de las elecciones en los Estados Unidos, sobre todo porque deseaban ver perder a los republicanos y acorralado al presidente Donald Trump. La realidad fue otra, pero no diferente a lo que pasa en estas elecciones de mitad de mandato, donde siempre se divide el control del senado y de la cámara de representantes entre republicanos y demócratas.

La victoria de los demócratas ha sido rotunda en la cámara de representantes y aunque algunos consideran que no cambiará en nada, el presidente Trump tendrá menos libertad ahora. Hasta antes de la llegada del presidente Trump, Los Estados Unidos se habían convertido en los defensores de la democracia en el mundo y los principales promotores del libre comercio; incluso se habían atrevido a cuestionar uno y otro gobierno por ser antidemocrático, a promover golpes de Estado e intervenciones en defensa y a nombre de la democracia.

Los Estados Unidos fueron a Europa a defender la democracia contra el fascismo en la segunda guerra mundial, promovieron la caída del bloque socialista en la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS) y los países del Este de Europa, impusieron al alcohólico de Boris Yeltsin y luego apoyaron a Vladimir Putin para que llegara al poder; promovieron el golpe de Estado en Chile en 1973, intervenciones en Guatemala, Granada y Panamá en América Latina, así como en Afganistán e Iraq; han impuesto sanciones a Cuba, Rusia, Irán, Venezuela, Corea del Norte, entre otros; todo en nombre de la democracia.

Sin embargo, con la llegada del presidente Donald Trump al poder, todo parece haber cambiado bajo la consigna de “los Estados Unidos son primero”. La democracia en el mundo, o al menos su concepción de democracia, parece importarle menos al presidente Trump, pero no piensa en la democracia en su país ahora, que bien le haría hacerlo. El respecto a los derechos humanos menos tampoco le preocupa al presidente estadounidense, pues se ha sacado a su país del comité de derechos humanos de la ONU; la protección del medio ambiente aún menos le interesa preservar, pues retiró de los acuerdos de Paris sobre el cambio climático a su país y el libre comercio ha sido declarado por él en enemigo de los Estados Unidos, por ser el responsable de la deslocalización de las empresas y robarle millones de empleos.

En definitiva, los ciudadanos estadounidenses están enfrentados a una visión que cuestionaban en el pasado y que hoy representa el presidente Trump y los republicanos. Por lo tanto, las elecciones eran esperadas con un gran optimismo por los electores, los cuales deseaban darle una bofetada de rechazo al presidente y su visión del mundo con ellas; lo que finalmente no sucedió, o no del todo.

No obstante, lo más relevante de las elecciones de 2018 en los Estados Unidos, sin duda, es que las mujeres desempeñaron un papel más importante que en cualquier otra elección en la historia de ese país y, por vez primera, llegaron al congreso dos mujeres procedentes de los pueblos originarios (Sharice Davids y Deb Haaland), los cuales construyeron ese país y se negaron a desaparecer bajo la violencia de los colonizadores blancos.

Siguiendo el espíritu de Hillary Clinton, que se convirtió en la primera candidata a la presidencia, en estas elecciones once mujeres se postularon al senado y cinco fueron elegidas; en tonto que 106 mujeres lo hicieron a la cámara de representantes. Entre los dos partidos que controlan el país, hubo doscientas cincuenta y cinco mujeres que se postularon para cargos en el congreso o en el senado; de tal suerte que, el miércoles por la mañana las mujeres demócratas habían ganado casi la mitad, alrededor del 47%, de los puestos de elección popular, con 93 escaños en las dos cámaras; mientras que las republicanas, sólo habían obtenido el 24% al conquistar 13 escaños.

Pero la democracia que defienden los Estados Unidos es imperfecta. En ese país, una minoría domina a la mayoría, con poco respeto por sus derechos políticos y económicos. Por ejemplo, la mayoría de los estadounidenses quiere el control de armas, un aumento del salario mínimo, acceso garantizado a la salud, a la educación y al trabajo, una mejor regulación de los bancos que desataron la crisis de 2008 y dejaron sin patrimonio a millones de familias; sin embargo, todos esos deseos están fuera del alcance de la mayoría de los estadounidenses.

Las aberraciones de un sistema político electoral antidemocrático. Los Estados Unidos se fundaron como una democracia representativa y ha sido modelo para muchos países, México entre ellos. Sin embargo, en su inicio, solo una pequeña minoría de sus ciudadanos, en su mayoría terratenientes blancos, tenían derecho a votar; luego de la abolición de la esclavitud, los blancos del sur impidieron que los afroamericanos votaran y las mujeres lo pudieron hacer hasta 1920.

Todos saben en el mundo que, este país que cuestiona el sistema electoral cubano y su democracia, no respeta la voluntad de la mayoría. Gracias a su sistema electoral indirecto, dos de los tres presidentes elegidos recientemente, asumieron el cargo contra la voluntad popular de la mayoría, pues sin su sistema de colegios electorales, Al Gore y Hillary Clinton se habrían convertido en presidentes en 2000 y 2016.

No se puede hablar de democracia cuando una minoría, caracterizada por el predominio de grandes corporaciones y bancos, que multiplican su riqueza sobre la explotación de millones de trabajadores, consumidores y usuarios, mantiene su dominio económico y político sobre la mayoría, gracias a un sistema electoral antidemocrático segregacionista, que evita que las minorías e inmigrantes, potencialmente votantes demócratas, se registren en las listas electorales bajo diferentes argucias; en un país donde las elecciones se realizan en un día hábil y no en domingo, para evitar la participación de los trabajadores; por lo cual la democracia existe sólo para una minoría que controla el destino de la mayoría de estadounidenses.

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