.

martes, 25 de septiembre de 2018

Metrópoli Central / ¿Dónde quedó la lealtad partidista?

* Mtro. Fernando Díaz Naranjo
Analista político y académico
@fdodiaznaranjo
diaznaranjo.fernando@gmail.com

Uno de los aspectos que observamos, cada vez en mayor medida, por quienes nos representan en la arena política es la falta de congruencia, de ideología y, con ello, de identidad partidista que algunos relacionan con lealtad.

Quienes militan en un partido político, al menos la mayoría de ellas y ellos, lo hacen por una convicción ideológica que va de la mano con la forma en busca el partido en el que militan ejercer el poder público para generar un bien común en la sociedad. Así, en apariencia, los que logran un escaño por el voto popular de la gente estarían coincidiendo con la ideología partidista, con sus fines, sus metas, entre otros aspectos.

Que un ciudadano logre una candidatura y eventualmente el triunfo en las urnas debería ser suficiente para que tenga la congruencia y la lealtad partidista y con ello, seguir las pautas ideológicas en su quehacer parlamentario, por ejemplo.

Pero, ¿qué pasa en la realidad?  De entrada, son cada vez más los “políticos” que se cambian de partido por así convenir con sus intereses y con ello, buscan seguir en el juego del poder, pero con siglas diferentes.  Esto no estaría del todo mal si el “cambio de ruta” es antes del inicio de un proceso electoral.

Pero, ¿qué pasa con un político que es nombrado por un partido como su candidato, gana las elecciones con las siglas de dicho partido, llega a ocupar, por ejemplo, el cargo de legislador y ya entrado en funciones decide cambiarse a otro partido político?  Justamente este caso se está convirtiendo en algo que pasa más o menos de forma frecuente al inicio de cada legislatura.

De entrada, el político que hace este viraje traiciona por doble partida a dos entes que lo colocaron en el poder; por un lado, al partido que lo postulo como la mejor pieza con posibilidades de ganar una elección; por otro lado, y el más importante, traiciona a los ciudadanos que votaron por él o por ella bajo las siglas de un determinado partido político.

Pero, por si fuera poco, este fenómeno causa una distorsión en la conformación de las fuerzas parlamentarias.  Me explico.

Cuando un legislador llega por un partido político y tal cual chapulín decide cambiarse a otro partido en plena gestión legislativa, el resultado es que al partido al que ingresa tiene de entrada una sobre representación, es decir, le genera a este partido una mayor fuerza legislativa que las urnas no reflejaron.  En el caso contrario, del partido al que renuncia le generará, seguramente una sub representación.

Esta distorsión de sumas y fuerzas electorales no habla bien de una democracia representativa cuya esencia es que los votos que los electores depositan en las urnas, tengan la mejor equivalencia en la representación legislativa.

Este fenómeno se está repitiendo en nuestro quehacer parlamentario cada vez en mayor medida por lo que sería conveniente que se vaya explorando alguna ruta legal en la legislación electoral que haga prevalecer la definición del voto ciudadano por encima de las coyunturas políticas, por decir lo menos.

Pero más allá de lo que, en su caso, llegue a determinarse o no, los partidos deben de volver a instituir esa identidad partidista que en otros tiempos se ganaba a base de la capacitación partidista que mostraba las bondades y hasta la grandeza de determinadas ideologías. Esto seguramente llevará inevitablemente a los partidos políticos a revisar diversas acciones que llevan a cabo, por ejemplo, que las alianzas políticas denominadas coaliciones, en muchos casos traicionan a su propia militancia y esto genera, de entrada, un mal precedente si lo que se busca es esa lealtad e identidad partidista. ¡Hasta la próxima!

Publicar un comentario

 
Copyright © 2014 Libertas