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martes, 18 de septiembre de 2018

La gran oportunidad de Andrés Manuel

Fernando Hernández Marquina

En 2012, Enrique Peña Nieto se convirtió en Presidente Electo con 38.2% de votos de un universo de 50 millones de votantes activos y un porcentaje de 56% de aprobación según encuestas. Seis años después, Andrés Manuel López Obrador ganó la presidencia con 53.19% de votos en un universo de más de 56 millones de votantes activos, y una aprobación de 64%.

La comparación viene al caso porque al inicio de cada nuevo gobierno crecen las expectativas de la población por encontrar respuestas a los temas que el gobierno anterior dejó pendientes. Como ciudadanos, solemos entender las transiciones como el momento idóneo para emitir distintos juicios contra el Presidente saliente, en un ejercicio que es muy común pero también muy dañino para la democracia, puesto que solemos hacerlo de manera visceral, “como nos fue en la feria”, rezaría el dicho, y no con argumentos.

Siguiendo la comparación, y con los seis años del gobierno de Peña Nieto cerca de su conclusión, podemos hacer un balance sobre las cuentas que entrega a su sucesor y valorar los logros conseguidos con una validación electoral de alrededor de 20 millones de votantes, es decir, apenas una sexta parte de la población total del país. Sin afán de hacer un mártir de su figura, el Presidente Peña Nieto trabajó a contracorriente en más de un sentido, y no obstante a ello, logró el Pacto por México, un acuerdo político histórico, y concretó las Reformas Estructurales que han permitido que la economía se mantenga estable y que rubros con rezagos históricos hoy muestren avances claros.

Por primera vez en 18 años, desde la victoria de Vicente Fox, un Presidente Electo llega con el respaldo de un gran porcentaje de los mexicanos: 30 millones de votantes eligieron en las urnas a López Obrador y, de acuerdo con las encuestas, casi 80 millones de mexicanos respaldan su proyecto de nación, es decir, dos terceras partes de la población.

A lo anterior se suma la mayoría en el Congreso de la Unión obtenida por su partido y aquellos que conformaron la coalición que lo llevó al triunfo, así como el consecuente control de las cámaras y de 19 congresos locales. Su buena racha también incluye la luna de miel que se vive en este periodo de transición. Como se dice coloquialmente, “la mesa está puesta” para que López Obrador, su equipo de transición, su futuro gabinete y su partido entreguen resultados y cumplan las promesas que hicieron en campaña. Hoy tienen todo en sus manos, excepto pretextos.

La experiencia en el servicio público me permite mencionar que las labores del Estado son mucho más complejas de lo que se puede percibir de fuera, desde una campaña electoral, por ejemplo, y que toda propuesta puede quedarse pequeña cuando se tiene que implementar, entre contrapesos políticos y las expectativas de la población, para el bien de un país entero.

Las necesidades de México son numerosas: entre más de 120 millones de habitantes, con una pluralidad ideológica, política y económica asombrosas, muchas de las respuestas que se pretenda darles a esas necesidades parecerán insuficientes. Por ello la importancia de que el equipo de López Obrador aproveche estos últimos meses de transición para terminar de asentar su plan de gobierno y perfeccionar sus propuestas. Entender las causas y efectos de las políticas públicas podría convertirse en la gran oportunidad para el gobierno que iniciará labores el 1ero de diciembre.

Uno de tantos retos será evaluar de manera objetiva qué es lo que funcionó del gobierno de Peña Nieto, y partir de ello delinear el futuro con información precisa, valoraciones y en estricto apego al derecho, lo anterior para no caer en la tentación de las ocurrencias. Ser jefe de un Estado como el mexicano es muy complejo. Todos los días se toman decisiones difíciles, que pueden impactar de manera positiva o negativa a millones de personas.

El escenario, hasta ahora, parece menos alentador que esa elección marcada por los triunfos. Ese brillo con el que Morena llegó a la Presidencia y a las cámaras se va desdibujando mientras se enfrentan con la realidad. Su partido ofreció austeridad en el Congreso, pero está entregando recortes parciales y simbólicos (#TupperChallenge) al presupuesto; no logró recortar todos los gastos que prometieron tan pronto comenzaron a ocupar curules y escaños. Conforme pasen los días, se darán cuenta que no es tan fácil negociar, incluso como fuerza principal en el gobierno y en las cámaras. Se requiere mucho más que aplicar la “aplanadora”. Su mayor responsabilidad será enfrentar los retos y los contrapesos de manera responsable, aprender a negociar incluso desde la aparente comodidad que brinda ser el partido en el poder. López Obrador tiene una gran oportunidad en sus manos. No puede dejarla ir.

Es justo registrar también los logros de la presente administración. En lo personal y como ciudadano, reconozco y agradezco al Presidente Enrique Peña Nieto y a todos los servidores públicos federales que, de 2012 a 2018, se entregaron al trabajo por México; que de manera honesta y responsable se enfrentaron a diario con los enormes retos que llegaron a cada una de sus oficinas; que dieron sus horas y sus días por su país, por el bienestar de los mexicanos y por el proyecto en el que creyeron y al que le apostaron todo. A donde sea que se dirijan en el futuro les deseo el mayor de los éxitos.

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