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miércoles, 25 de julio de 2018

Enfoque Global / De la crisis a la transición al desarrollo

José Luis Ortiz Santillán

Los resultados de las elecciones generales en México del 1 de julio, han sido el corolario de una crisis económica, política y social que enfrenta el país desde hace varias décadas, el resultado de la convalecencia de la “crisis de los errores de diciembre” interrumpida. Después de la liberalización de la economía nacional en los años noventa y su apertura al exterior, con la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1994, la economía del país sufrió un colapso que la obligó a buscar los medios para adaptarse a las nuevas condiciones de competencia en los mercados; la crisis de diciembre de 1994 puso fin a la existencia de muchas empresas que no estaban preparadas para la competencia y en relieve el tráfico de influencias en el “rescate carretero” y el FOBAPROA, la corrupción como instrumento de gobierno.

El balance de tres décadas de políticas neoliberales orientadas a poner fin a la intervención del Estado en la Economía, a descentralizar el gobierno y construir un Estado pequeño y eficiente ha sido lamentable. En los últimos 24 años la economía sólo ha podido crecer en 2.4%, en promedio anual, las exportaciones del país se han concentrado en América del Norte, 82%, en promedio del total de lo que vende México al exterior, a pesar de tener hasta hoy 16 tratados de libre comercio firmados con diversos países y regiones en el mundo..

Pero todo ello ha conducido a que en número de pobres haya pasado de 27 millones a más de 55 millones, provocando la reducción en la producción agrícola, el aumento del número de emigrantes a los Estados Unidos, el incremento de la inseguridad y del crimen organizado, como medios de subsistencia, frente a una economía que ha expulsado a más de 32 millones de hombres y mujeres en edad y condiciones de trabajar; por lo que no es extraño encontrarnos químicos, contadores o médicos como taxistas, miles de hombres y mujeres vendiendo en tianguis y en el trasporte público, vendiendo en las esquinas o convertido en artistas improvisados de la calle por necesidad.

No sólo se trata de la descomposición social que ha provocado la crisis, sobre todo después del estallido de la crisis de los créditos “suprimes” en los Estados Unidos en 2008. La crisis a México ha traído una contracción de las exportaciones, en particular de petróleo, lo que ha implicado reducción de capacidades de producción de las empresas y, por lo tanto, desempleo y reducción de los ingresos de los hogares, más pobreza y criminalidad; pero todo ello, como era lógico, se ha reflejado en la superestructura de la sociedad, en la política y en el hartazgo de los ciudadanos frente al gobierno y los partidos por la descomposición social, por el estado de cosas actual en el país.

El efecto de la crisis económica no sólo se refleja en el descontento de la gente. También una parte de la clase política ha mostrado su enojo, ha buscado otras vías de expresión y ha manifestado sus posiciones frente al deterioro de la sociedad; cuando escuchamos al “Bronco”, presidente de Nuevo León, insistir en la necesidad de reinstauran la pena de muerte en México, sobre todo, para poner fin a los violadores de menores y secuestradores, detrás de esa opinión hay millones de mexicanos que apoyan esa idea. Pero lo peor de todo para los partidos, es que el descontento dentro de la clase política ha llevado a un reacomodo dentro de los partidos, dejando a unos vacíos y a otros desorientados, sin poder explicarse los resultados electorales y sin saber cuál será su futuro.

La crisis ha afectado a los partidos tradicionales. Dentro de su dirigencia y entre su militancia, en sus tecnócratas que ha estado dirigiendo el país en los últimos 18 años, jamás entendieron que el mundo estaba cambiando, que la crisis de 2008 había cuestionado la filosofía del libre mercado y que los especuladores se habían apoderado de los vacíos que había dejado el Estado; si regulación y sin autoridad que los controlara, fueron capaces de hacer saltar por los aires las partes de sus sistema financiero internacional sin regulación ni leyes; de tal forma, que la idea de que el mercado todo podía arreglar y los tecnócratas sólo tenían que administrar, se vino abajo.

La crisis griega y españolo demostró que la crisis actual del capitalismo estaba cortando las raíces de los partido tradicionales. En Grecia surgió Syriza y en España Podemos, movimientos que aglutinaron a la izquierda y a los inconformes de cada país, con propuestas nuevas para gobernar, y en las elecciones pusieron en jaque a los partidos tradicionales y los llevaron a una crisis interna de la cual no han salido. Algo similar está sucediendo ahora en México; no se trata de populismo versus neoliberalismo, sino de una crisis que requiere respuestas, y que en los Estados Unidos, en Polonia, en Suiza y Austria ha hecho surgir personalidades históricas impulsadas por los ciudadanos para responder a ellas.

No se trata del cambio de nombre del PRI o del PAN. Cambiar los nombres de los partidos tradicionales de México no conducirá a nada, en la raíz del problema está su visión del mundo y del país; el PRI ha abandonado sus ideales del nacionalismo revolucionario que le dio vida durante años y se alejó del pueblo que lo apoyó sexenio tras sexenio; el PAN deambuló sin rombo en aras de obtener el poder, haciendo alianzas con el PRD, una unidad entre un partido que se dice de derecha y otro que se autodefine de izquierda, hundidos en una revolución ideológica y mostrando que nunca hubo ideologías, sino intereses y ambiciones.

Este puede ser el momento de transitar al desarrollo y superar la crisis. No sólo en el plano económico, sino en el plano social y político. Es posible que dejar de administrar al país, como se ha hecho en los últimos tres sexenios, y poner en marcha cambios en la política económica y social de México, no sólo contribuya a impulsar el crecimiento de la economía y el desarrollo social, sino a reorientar la fuerzas políticas del país y definir los partidos que habrá en el futuro, la oferta electoral que sancionaran los ciudadanos.

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