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martes, 5 de junio de 2018

Nostalgia del porvenir / Siglo XXI… ¿a dónde te fuiste?

Fernando Amerlinck

El siglo XXI, me parece, ya se acabó. Como que fue un ensayo fallido de la historia este período decepcionante, mortecino, fracasado, temeroso, mediocre y mayormente absurdo. ¿Será viable un tiempo nuevo que no se parezca a este?

El siglo XX comenzó en 1914 con la Gran Guerra “para acabar con todas las guerras” ¡sí Chucha! y terminó en 1991 cuando cayó por tierra la Unión Soviética, dos años después de derrumbarse el muro de Berlín. Fueron 87 años de asaltos estatales, guerras, guerrillas y revoluciones impulsadas por psicópatas, asesinos y ladrones que por primera vez se legitimaron con ideas de beneficio colectivo a precio de la vida de mucho más de cien millones de inocentes, varones y mujeres, niños y ancianos, civiles y soldados. El primer legitimador de tales delitos simboliza al siglo: Lenin supo purificar su ambición de poder absoluto con la ideología marxista y así creó algo muy nuevo: el estado totalitario. Higienizó el crimen absoluto contra la noción misma de persona individual con una ideología benefactora, una ideocracia totalitaria. Para “beneficio” de todos, el colectivismo mató y esclavizó a millones.

Los seguidores de Lenin son legión en toda latitud y geometría desde Mussolini, Stalin y Hitler hasta Fidel Castro, Kim Jong-un y Nicolás Maduro. Al despuntar el siglo XXI (salvo en Cuba y Corea del Norte) la humanidad parecía haberse liberado del fantasma que Marx lanzó desde 1848 a recorrer el mundo, guadaña en mano, lavando con su catecismo toda hez de cámaras de tortura, Gulags, campos de exterminio y pelotones de fusilamiento. En 1996 escribí esto: “El siglo XX (tiempo de hornos de gas, proyectos nacionalistas, campos de concentración, ingeniería social, exterminio racial y clasista, desprestigio de la persona, estatismo, gas mostaza, nacionalismo, tortura política, hospitales psiquiátricos) ha terminado”.

Parecía haberse estabilizado lo que Vargas Llosa llama Cultura de la Libertad mientras, bajo auspicios acuarianos y pulsiones milenarias, reverdecía el calendario y amaneció un nuevo siglo en el 2001: una odisea planetaria.

No duró mucho mi optimismo. Desde Nueva York el 11 de septiembre de ese año el mundo entró en curiosos movimientos que contradicen de punta a cabo aquél huracán libertario que pareció enterrar las pulsiones colectivistas, populistas, nacionalistas y criminales de los enemigos de la libertad y del individuo soberano.

Con el purificante ropaje de la corrección política se han relegitimado los ataques a la libertad ajena y la libre opinión. Resucitan los particularismos culturales, los demagogos, los amantes de los caudillos, los nihilistas que abjuran de la cultura del Siglo de las Luces y desdeñan valores occidentales que clavan sus orígenes en la escolástica, Salamanca y los moralistas escoceses. Los anarquistas se confunden con la destrucción de lo ajeno y en su mayor parte, anima a los votantes el miedo y la furia, la frustración y la suspicacia, la desconfianza ingenua, el odio; en el Twitter campea un ácido resentimiento y acusaciones contra culpables que siempre son otros.

El movimiento británico contra la Unión Europea provino más de un nacionalismo primitivo que de un genuino empeño por liberarse del yugo burocrático de Bruselas. El triunfo electoral del atávico y primario Trump tampoco fue muy motivado por un ánimo así (hay que agregar que su adversaria también era impresentable) pero fue significativo el empuje del socialista Bernie Sanders, increíble para un país que nació por y para la libertad individual.

En Europa, tras balcanizarse los Balcanes se balcaniza todo el continente, con pulsiones del más chato y vetusto nacionalismo y particularismo. En Italia y España ganan posiciones los más anticuados socialistas; Francia estuvo a un tris de que ganara una mujer extremista y radical. Los escoceses quieren su propia nación, como los galeses e irlandeses del norte y los flamencos en Bélgica.

Esa vieja Europa reniega hoy de su origen en el Cristianismo, que por primera vez habló de la dignidad de las mujeres y la persona. Gana fuerza allí la religión musulmana, jamás amiga de la libertad y el individuo, y mucho menos de las mujeres.

En el traspatio llamado Iberoamérica tampoco hacemos malos quesos. Ya es vieja la historia de Cuba pero no lo es tanto la Venezuela de Chávez y Maduro. Y veamos a Brasil, Argentina, Bolivia, Nicaragua, Ecuador y desde luego, México: ¡Que se vayan todos! (para que regresen los priistas de los 60 y 70). Atrae a demasiados una oferta arcaica que pretende la cuarta transformación nacional, tras épocas aciagas que costaron la vida a millones de mexicanos. Es condena juvenil (en México y todas partes) tras tres o cuatro generaciones desdeñar las historias de sus ancestros que conocieron de cerca la tragedia de las guerras y las revoluciones, y suponer que lo que ellos no han conocido, no ocurrirá.

En Occidente —salvo los que trabajan en empresas productivas— demasiados se enfrascan en guerras contra sí mismos y contra sus gobiernos pero claro que a favor del control gubernamental y de sus dádivas; contra la libertad de empresa y la opinión discordante si les suena incorrecta; el miedo al futuro y a la tecnología; el caudillismo, las conversaciones pequeñas sobre temas pequeños, la cerrazón a lo extranjero, el nacionalismo ramplón, la suspicacia al otro, la primacía de la opinión. Y ante todo, el miedo a la libertad y a sus retos. Los epítetos y calificativos sustituyen a la sustancia: izquierda, derecha, mafia del poder, minoría rapaz, neoliberalismo, estado de bienestar, salario digno, apoyo social y de una vez todo lo que se apellide “social”.

Mientras, en el otro lado del globo resurgen los grandes imperios. China restaura su antigua dinastía, acumula oro y usa su moneda para el petróleo. En Rusia hay un nuevo zar con un poder bélico quizá superior al de EEUU, país exhausto en sus pequeñeces internas y cerrazones aldeanas y con un sistema monetario que no subsistirá por mucho más tiempo. El otrora omnipotente dólar correrá el destino de toda moneda fiduciaria: la decadencia, la irrelevancia y la extinción. Nada que ver (ojo con China) con una moneda respaldada en el eterno valor del oro.

El mundo futuro (oriental, principalmente) no comparte los valores que dieron a Occidente sus mayores luces: la noción del individuo, su dignidad, su libertad, su derecho al fruto de su trabajo y a poseer propiedad. No resucitarán los grandes imperios occidentales (España, Portugal, Gran Bretaña, Austria-Hungría, Estados Unidos) enfrascados en nacionalismos chatos y corrección política, abjurando en los hechos de los valores liberales que les dieron sentido. Ceden así la plaza mundial a los imperios ruso y chino, que nada tuvieron que ver con esa cultura. De los grandes de Asia, sólo conservan algo de la tradición liberal inglesa la enorme India y el grandioso pero pequeñísimo Singapur.

Con todo ello, parece haberse tragado la tierra al esperanzador siglo XXI. ¿Adónde se ha ido? ¿Quién lo irá a buscar? ¿Hay manera de reinventar el tiempo futuro ante este tsunami de descalificaciones, populismos, caudillismos, cerrazones, opiniones, miedos y suspicacias?

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