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lunes, 4 de diciembre de 2017

Nostalgia del Porvenir / Cuestión de dedos, búfalos y caballadas

Fernando Amerlinck

 “Lo que diga mi dedito” ha dicho Andrés Manuel López Obrador con su unipersonal voz, la del nunca compartido poder. En esta época digital se critica al dígito señalador, el índice autoritario, el dedo que manda y dispone y declara y hace y deshace. Pero no al autodedo que, frente al ceniciento espejo, dice por siempre a López “tú eres el Único, el Señalado, el Redentor, el Rayito de Esperanza. Eres tú, Majestad, el más bonito; ora sí que el Mero Mero.” Se lo dice una y otra vez al Salvador de la Patria el espejo negro de la política paleontológica: soy la voz de tu dedito.

Hoy sus devotos (y varios más, “independientes” o no) vituperan la cargada a favor de alguien que sólo sospechábamos que sería el beneficiario de la práctica digital priista de designación del Ungido; heredero de la “mafia del poder”, claro. El mayor crítico de la designación digital, que lleva tres sexenios como Mesías, reprueba desde su unipersonal poder a una mafia.

¡Él, criticando el dedazo! ¿Quién entiende? El propietario de un partido que vive de nuestras exacciones, político institucional que cobra de las instituciones mientras manda al diablo a las instituciones y dirige a una institución de su propiedad privada hecha con fondos públicos. El dueño del mayor dedo, con 18 años ejerciendo como candidato de autodedazo. Con partido propio tras mandar al diablo al PRD porque allí había diferentes voces y distintas voluntades y no era único su dedo. Ug.

Nadie critica que el espejo de la madrastra de la Cenicienta sólo refleje sus ambiciones tropicales. No reprochan tal autodesignación pero guácala la designación. Qué espanto la poca democracia en el PRI pero la monarquía familiar de Morena no espanta a nadie. Sus actos ilegales resultan tan perdonables como sus abusos y costumbres. Con él no se meten autoridades federales ni nacionales ni locales ni policías ni tribunales ni jueces. Digan lo que digan las leyes, se van al diablo ellas y su mafia.

La magia del autodedazo salvífico censura a la mafia del dedazo maléfico. Pero el ángel exterminador —que no atina a enderezar contra su nuevo adversario más crítica que su pertenencia a una etérea mafia— encabeza su propia cargada mientras goza unipersonalmente de las más viejas tradiciones dictatoriales priistas; las ama entrañablemente, sin aceptar que hasta la liturgia parece estar cambiando. En este destape no llegaron a casa de Meade, matracas en mano, búfalos encabezados por el Gran Jefe Toro Sentado (Fidel Velázquez) a informarle “usted es el Ungido”. Fue al revés: el PRI recibió en sus oficinas a un no miembro de él, para ser precandidato.

Finalmente, ¿qué más da que un partido escoja a su candidato como se le pegue la gana? Lo que de veras importa es si los votantes prefieren melón o sandía; si quieren dar un salto p’atrás o echarse pa’lante. A diferencia de las grandes épocas del partidazo tricolor y su tapadismo con garantía de triunfo, hoy los votos cuentan y se cuentan.

Ya no está flaca la caballada. Los votantes decidirán si prefieren al agraciado por un dedazo no tradicional, o al dueño de su monopólico y autocrático dedito. Acordarán si prefieren a un priista antiguo que mira al futuro por el espejo retrovisor porque evoca el pasado estatista de aquél PRI imperial e intolerante, para meter freno de mano y echar reversa en cuanto hemos avanzado. O tendrá el votante la opción de preferir a un hombre sencillo y esencialmente limpio que sí mira al futuro, y que resulta de lo mejorcito que ha producido el sistema político.

Sólo terminarán las complicadísimas carreras de 2018 dos caballos corriendo una parejera, mientras las cuadras de “independientes” y “ciudadanos” se quedarán contando votos inútiles.

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