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lunes, 4 de diciembre de 2017

La Cueva de la Hidra / Tiempo atrás ya era mañana

Margarita Jiménez Urraca

Conocí al Presidente Enrique Peña Nieto hace más de 18 años en el Palacio de Gobierno de Toluca. Lo vi pasar de secretario de administración con el entonces gobernador Arturo Montiel a líder en su carácter de diputado del Congreso Local y a la campaña que lo haría gobernador del Estado de México en 2005. En ese tránsito advertí una transformación: de ser un impetuoso y buen servidor público a ser un político maduro, formado en el seno de la clase política mexiquense, sí de Atlacomulco, ahí donde el tejido de grupo lo conforman los apellidos, las relaciones amistosas, las de parentesco y, sobre todo, el proyecto, lo que compromete y crea un ritual de identidad que en el Estado de México ha hecho escuela.

Después vendría la otra campaña y la Presidencia de la República, y con ella no sólo la gloria sino también el infierno. Para entonces sus formas seguían siendo las mismas, amable, amistoso, educado, pero su mirada había cambiado, lo que me llamaría la atención –ya lo había advertido en otros políticos de muchos años– su mirada se tornó insondable tras sus ojos negros. El poder fue haciendo lo suyo y convirtiéndolo en un magnífico operador en elecciones, además de ejercer su compleja responsabilidad como Presidente de la República en tiempos aciagos.

Al inicio del régimen con la toma de posesión, el Pacto por México con los partidos y organizaciones políticas, y, después, con las Reformas Estructurales, se hacía del arranque de su gestión una verdadera luna de miel. Pronto vendrían los años difíciles de la descalificación y los ataques consuetudinarios: Ayotzinapa, los escándalos, las fisuras, las traiciones, los cambios en el gabinete, la cruenta inseguridad, el crimen organizado, la corrupción, la impunidad, las grandes obras, lo mucho hecho y no conocido ni reconocido, el gasolinazo y en medio de todo ello el factor Donald Trump. Su facia se iba transformando, poco quedaba de aquél joven fresco de 2005.

El gozo de sus hijos y su familia los preservó, hasta donde pudo, de la mirada pública, lo que fue imposible a ratos, pero finalmente controló. El espacio público lo ocupó sólo él y su equipo.
Enrique Peña Nieto, el Presidente frente a la sucesión es ya otro hombre, cumple cinco años de gobierno, ya conoce de los gozos del poder y de su precio, de los riesgos, de la lealtad y de la deslealtad, y está por saber pronto, que el poder es efímero.

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