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martes, 21 de noviembre de 2017

Nostalgia del Porvenir / 71 en el 17

Fernando Amerlinck
14 de noviembre de 2017 

Tengo nostalgia del porvenir. De eso que vendrá y quién sabe si vendrá porque en los ires y venires temporales nada viene y todo se va y todo regresa, incluso lo que nunca existió. Nostalgia de lo que no ha pasado porque siento su presencia acá mesmo, en el sitio inasible de la memoria o del cuerpo físico o del espacio cuántico adonde se arriman los recuerdos del tiempo que nunca ha pasado y no pasará, aunque pueque sí pase. Nostalgia, malincunìa, pena por cuanto deberá de ocurrir y por aquello que vendrá. Verde interrogación. Respuestas que hoy como endenantes, fuera y dentro de Delfos o del Anáhuac, ni los druidas ni los agoreros ni shamanes son capaces de columbrar.

La eternidad —dice Enrique Berruga— no tiene futuro. Pero en este mundo chato y cuatridimensional, el pasado sí tiene futuro. Ese futuro, nostálgico de sí mismo, se enconcha en la superficie profunda de las derivas hipertemporales en las que con toda presencia sueña el cuerpo lo que aún no es, y donde la mente se debate entre los pensamientos y los sentimientos, los nóumenos y los fenómenos: la carne y el espíritu acabarán siendo lo mismo. El tiempo está embarazado de eternidad. Las dimensiones viven preñadas de hiperespacio. Habré pasado de los sueños húmedos adolescentes a los ensueños nostálgicos que buscan carne propia en lo que llegará.

Buena reflexión para este día del 2017 en que alcanzo la cuenta 71 de los años en que llevo aspirando nitrógeno y oxígeno originados en las selvas y mares de este bellísimo planeta. Se me enciman y van fecundando con eternidad los recuerdos de mi pasado remoto, ese que nunca supe qué futuro procrearía. Recuerdos y añoranzas de lo que fue, y especialmente, de lo que vendrá.

Miro los muros de la esencia mía y compongo a mi señor Quevedo: Ayer se fue, mañana no ha llegado; hoy se está yendo sin parar un punto: soy un fue, y un será, y un es soñado… Un sueño que sueña, que toda la vida es sueño y los sueños son, maestro Calderón. Y sueño con el niño que fui, perdido en preguntas y embebido en un presente cuyos sucesos (no siempre agradables) se precipitaban. El niño grande que soy sigue sin grandes respuestas, pero acaso un poco haya aprendido de mi copioso pasado, que se arremolina y a veces quisiera ¡misión imposible! rememorar.

No el remembroso sabor de un bizcocho me lanza a buscar el tiempo perdido sino una memoria que espontáneamente me envuelve y enreda en los encuentros y desencuentros de un chiquillo de pantalones cortos que transcurría solitario entre los sucios charcos para buscar renacuajos y cultivar ranas. “Comen moscos” me dijeron, frustrado yo porque se morían apenas les salían patitas. Y les llené de moscos el bote de agua, de modo que siguieron muriéndose pero rodeadas de comida flotante que al no estar volando, no podían ver para lanzarle un lenguazo.

Ese crío inquieto y despeinado que en tres días rompía la ropa nueva habría de dar cierto valor a la elegancia. Ese niño que aún vive nunca dejaría de cometer grandes errores al transcurrir la aparentemente caótica deriva de la existencia (me horrorizan quienes dicen que si volvieran a nacer harían exactamente lo mismo). Ese chico travieso brincó desde la infancia a una juventud solitaria y a una madurez (perdón por la presunción) repleta de amigos y de compañía, con una familia amorosa y una casa llena.

Largo el camino y más tardío el aprendizaje; suele llegar demasiado tarde. Ensayo y error, sobre todo error. Nadie al nacer nos entregó un mapa del mundo real, una libreta de instrucciones para la vida, o un manual de cómo usar el cuerpo y cultivar el alma sin miedo ni culpas. Pocos afortunados tienen buenos maestros para vivir a tiempo y con provecho la madurez corporal. Librarán la horrenda paradoja: el joven de cuerpo intacto no sabe nada; cuando aprende ya está viejo. Y si no aprende llega a viejo perdiendo salud y ganando amargura. Creo que el tiempo disponible para nuestra vida es demasiado corto. Ya la ciencia se encarga de alargar años, y a cada uno toca agregar vida a esos años.
Bien decía Mafalda: el remedio para el mundo es una escuela para políticos. Pero alguno de sus amigos le preguntó inocentemente de dónde sacaría a los maestros… Vaya maestros míos, tan perdidos como yo pero desde el poder que les brindaba su ladrillo, su tarima, su escritorio. Vaya sacerdotes y prefectos de disciplina, también adolecientes de instructivos para la vida, ignorantes de su ignorancia y plagados de certezas (puertas falsas contra la ignorancia). Dignos de compasión y de perdón, condolientes de la condición humana como todos nosotros.

Fui apto con la bicicleta y me descalabré cuatro veces, una de ellas cosido en la sala de emergencia del Dalinde; conservo la cicatriz a media frente. Fui pésimo estudiante, con un déficit de atención que nunca me diagnosticaron y tan mala retentiva para memorizar datos, que parecía deficiente en inteligencia. Y gulp, en aquella época nadie hablaba de bullying

No sabía en esos años lo que hubo de venir después: mi amor enorme por la música, las letras y el lenguaje español, el pensamiento, la conversación; y todo en libertad. A la detestable lectura me obligaban, a precio de perder los cuentos de Walt Disney, Supermán y los Supersabios. Contra la música escrita me vacunó un tan mal maestro de piano que sólo solfeo enseñaba, sin decirme para qué. Igualito las matemáticas: nadie me dijo para qué servían. En cuanto a la filosofía, sólo supe que era la ciencia con la cual y sin la cual se queda uno tal cual. Además, mi imponente timidez me impedía hacer amigos (peor tantito amigas) o hablar en público.

Todo todo todo lo anterior me apasiona hoy, salvo las matemáticas. Me gusta escribir y mi mejor caracterización me la dijo Octavio Paz: soy escritor primerizo. Agrego, amigo Paz, que siempre seré primerizo, porque este jubiloso jubilado apenas está empezando. Soy melómano pero me son incomodísimos los pentagramas. Y la filosofía me parece práctica porque sin ella somos almas flotantes, como una palomilla revoloteando ante un foco que confunde con la Luna.

Vaya deriva de la vida, curiosa y repleta de sorpresas y designios divinos aparentemente caóticos en una rara singladura de saltos cuánticos y de preguntas. Dijo Steve Jobs: You can’t connect the dots looking forward. You can only connect them looking backwards. Conectarlos mirando hacia atrás, confiados en que si las decisiones que uno va tomando siguen al corazón o la intuición, tendrán sentido en el futuro. Me gustan las reflexiones así en fechas como esta.

Queda dicho que, al mirar atrás, me sobrecoge la nostalgia de lo que vendrá, aunque quizá no venga porque el porvenir nadie lo sabe predecir. Pero lo avizoro con gusto y un grado de pasión, porque estoy empezando. Y lo miro con preocupación también. Me duele ver resquebrajadas las narrativas que han dado sentido a nuestra civilización. En casi todos lados la gente abjura de los valores occidentales a cambio de la superstición y los mandamientos del pensamiento único. Me duele ver al originalmente grandioso Estados Unidos herido por la corrección política y el más bobo aldeanismo. Me duele Europa, víctima de una religión invasora que hostiga a las mujeres y combate los profundos valores cristianos de trascendencia, apertura y libertad que le dieron sentido y fundamento. Me duele ver partida y decadente a mi siempre admirada Gran Bretaña. Me duele ver a mi segunda patria recaer en las pulsiones que la forzaron a una guerra civil. Me duele ver que para los jóvenes ya no significa mucho ser mexicanos, y ver a mi país desorientado y rencoroso, tratando de encauzar sus resentimientos y esperanzas mudas en un caudillo viejo y arcaico, demagógico, tronante y odioso. El pasado sí tiene futuro: las tragedias se repiten en ciclos que eternizan maldades y vilezas; ellas no escasean en este mundo. Especialmente preocupante es el poder que ganan los gobiernos, con furia por meterse en bolsillos que no son suyos y controlar no sólo haciendas sino también vidas ajenas.

Pero no nada más lo malo ocurrirá. No me vencen esos dolores porque el nostálgico porvenir habrá de encarnarse pronto en un mejor futuro, y no es éste un venero más del wishful thinking. Procrear un hijo es un acto de fe. Construir el futuro también. Y ese porvenir, como toda buena creación humana, será obra de gente libre.

La vida, fuera y dentro del hiperespacio, transcurre en una dimensión desconocida. En una deriva fluida que perpetuamente se monta a horcajadas entre el pasado y el futuro. Nace allí ese porvenir nostalgioso que no ha llegado; y para lograrlo nos servirá la morriña de eternidad de don Miguel de Unamuno, rector en Salamanca, cuando convocaba a buscar por caminos ignotos la tumba de nuestro señor don Quijote. La nostalgia es del tiempo real, pero tan irreal que aún no ha pasado. Y no seré yo quien, como don Miguel, declare ¡no me da la gana de morirme! Ese acto final puede venir en todo instante y no necesariamente cuando de veras me haga viejo y mi buena salud se desconchinfle.

Hoy declaro mi nostalgia de lo que vendrá. Quiero ayudar a construir algo más de concordia (corazón común) y dejar mi mundo tantito mejor que como lo hallé hace 71 años. Como desde mi primer día hace 25,933, hoy estoy empezando.

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