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jueves, 28 de septiembre de 2017

Nostalgia del Porvenir / Nunca ha habido un mejor México

Fernando Amerlinck

Tras los terremotos de septiembre, veo mucho mejor a México. Con siete décadas de vida metropolitana a cierto nivel de consciencia sobre las cosas de mi país, me extraña oír comentarios pésimos sobre este país. Hay demasiados convencidos de que nunca habíamos estado peor, acaso porque diariamente lo remacha algún caudillo que propicia la división entre mexicanos, cuyos odios y epítetos no tienen vaciadero.

No sólo me motiva el compartido entusiasmo por la conducta de mis coterráneos luego de los terremotos de septiembre, especialmente en la ciudad de México, donde vivo. Igual que 1985, cuando nació lo que llamaron sociedad civil y se habló de solidaridad casi por primera vez.

La solidaridad no vive en el mundo de los conceptos, las ideas o los vocablos. Es una vivencia. Una acción. Algo que se ejecuta. Se vive. Se atestigua. La siente el cuerpo. Espontánea práctica de amor al prójimo sin llamarla así: amor al que está próximo, al que no conozco ni volveré a ver. Conducta de patria, ondeando la bandera arriba de los escombros. Atención al apremio de quien sufrió lo que yo no, sabedor de que yo pude haber estado allí. Hemos visto días de desgracia, que la acción generosa convierte en horas de gracia.

Lo vi en mis hijos. Uno de ellos narra que rumbo a Xochimilco la gente de plano se subía al camión o daba botellas de agua, tortas, herramientas y medicinas hasta que sobraban; de ese tamaño era el ánimo por ayudar. Tras trabajos extenuantes en dos o tres frentes se fue dos días con gente desconocida a Jojutla a organizar los esfuerzos en ese pueblo arruinado, cercano al epicentro. Recordará tal experiencia toda su vida.

Necesidades básicas insatisfechas las hay desde cualquier historia, así como pobres a quienes les falta de todo. Malhechores y criminales nunca han faltado. Hemos padecido siempre a gobernantes truhanes (no hablo de corrupción, vocablo que de tanto usarse ya no dice nada). Políticos rapaces los ha habido desde que a alguien se le ocurrió controlar desde el poder la vida de los otros. Y la escasez es consustancial a la condición humana, pero hay que ver qué tanto es tantito.

En tiempos que sufrí (1975), en las tlapalerías no había clavos. En los supermercados había poca variedad, si bien nunca dejó de haber comida. En 1976 Echeverría prohibió importar todo; en la aduana me decomisaron un frasquito de pimienta. Había televisores, estufas y refrigeradores caros y malos, y mi coche pasaba aceite a los 40,000 km en 1969. Los contactos eléctricos parecían hechos de chicle. Los hornos de microondas estaban tan prohibidos como los buenos aparatos de sonido, y un dentista decente tenía que acudir al contrabando (lo atestigüé). Para que no se paralizara una fábrica cliente mía en Torreón, su director debió viajar de emergencia a Chicago a comprar una refacción que trajo en el bolsillo. La gente en 1984 rompía de coraje los teléfonos públicos inútiles porque Télmex no les daba mantenimiento. Luego de que la red desapareció en 1985 y los dejaron gratuitos, había que hacer cola ante un teléfono que funcionara, hacer una sola llamada y volver a formarse para la siguiente. El mercado de líneas nuevas estaba tan saturado que dos veces los coyotes me robaron mi anticipo. Tener teléfono era un privilegio pero en un solo año en tiempos de Miguel de la Madrid, en mi casa no funcionó la línea, en total, siete de 12 meses; tenía que salir de noche a casa de mis padres sólo para llamar al pediatra. En 1976 contábamos los días con terror por lo que se le ocurriera a Echeverría en sus últimos días de poder. En 1982 tener dólares era contrabando y el gobierno se robó fondos de los bancos aparte de expoliar a sus propietarios y ya había saqueado las reservas individualizadas del Infonavit. La democracia era un sueño tan irrealizable como la prensa libre.

Los millenials de hoy no conocieron los tiempos en que acudir a un mitin político o criticar al gobierno implicaba tener expediente en Gobernación. Esos nacidos antes del 2000 no han sufrido una crisis que les cepille su patrimonio de un día al otro ni saben qué es la inflación o una devaluación catastrófica. Parece que siempre hubiera existido un mercado abierto, hoy que México importa de todo y exporta calidad, y un buen teléfono es tan común como una tortilla. En sept. 1985 el México fraterno era como el de hoy, pero nuestro gobierno está infinitamente mejor preparado con protocolos, mejores leyes de protección civil y más estrictos reglamentos de construcción, topos entrenados, Ejército y Marina competentes y adiestrados. Aquél temblor sirvió para prevenir y combatir nuevas tragedias y acabamos de comprobarlo.

Claro que hay prietitos en el arroz pero antes había arroz podrido o no había ninguno. Un presidente presumía de que había llegado al cargo porque era el que más mataba (Álvaro Obregón); otro (Alemán) armó una perviviente fortuna y jamás fue llamado a cuentas. Hoy, la justificada indignación por las tropelías de los gobernadores no suele tomar en cuenta que hay varios tras las rejas o sujetos a juicio y procesos de extradición.

Antes pasaba lo mismo que hoy y muy peor pero la gente no lo sabía, o no le importaba, o veía que no podía combatirlo. Mucho empezó a cambiar luego de 1985 (tiempos del fraude electoral patriótico de de la Madrid-Bartlett y el superfraude de 1988 contra Clouthier y Cárdenas). No sólo hay capacidades noticiosas instantáneas sino también un gobierno que no combate la libre opinión (a los periodistas los asesinan los narcos, no el gobierno).

Ha crecido la consciencia sobre lo malo, más que las malas realidades. Hay una opinión más exigente que nunca, cosa que habla bien de las ganas de mejorar, pero el tener mejor consciencia no implica que lo criticado sea aplastantemente peor ahora. Siempre es agradecible reducir la ceguera, la resignación o la indiferencia. Se puede ser ignorante de buena fe pero merece oprobio el que por ambiciones deshonestas propale que México está como nunca de mal, cuando SÍ conoció las épocas aciagas de la escasez innecesaria y la impunidad total, la represión a los disidentes y los crímenes políticos, las macrocrisis sexenales y los auténticos fraudes electorales.

Hoy lo digo y lo sostengo: sin ser aún lo que puede ser y lo que habrá de ser, México está mejor que nunca. No me meto hoy en lo feo de la reciente desgracia. Ya vendrá el tiempo de recoger varas. Hoy prefiero echar cohetes.

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