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jueves, 21 de septiembre de 2017

Economía y Política / Trump: amenaza discursiva y contrapesos

Miguel Ángel Ferrer

Juzgado por su discurso, no hay duda de que Donald Trump es el mayor peligro que enfrenta el mundo en la hora actual. La mayor amenaza para la vida, la salud, la integridad física, el patrimonio y la tranquilidad de millones de seres humanos. Tan sólo su amenaza de “destruir totalmente” a la República Popular de Corea pone en riesgo de muerte a más de 25 millones de seres humanos.

Y aunque el delirio discursivo del presidente de Estados Unidos no ha llegado hasta el punto de amenazar con la destrucción total de la República de Irán, la obsesiva palabrería bélica de Trump también pone en riesgo de muerte y de inenarrables sufrimientos a una buena parte de los más de 80 millones de habitantes de ese país islámico.

Pero hasta ahora la evidente patología guerrerista de Trump sólo ha sido verbalista y no factual. Muy diferente, como es obvio, a los guerrerismos genocidas de todos sus antecesores, especialmente de Lyndon B. Johnson, de los dos Bush, de William Clinton y de Barack Obama, sin olvidar desde luego al mayor de esos genocidas, el destructor atómico de Hiroshima y Nagasaki, Harry S. Truman.

Al día de hoy, a ocho meses de haber ocupado la Sala Oval, a Trump no se le puede reprochar todavía ninguna acción bélica considerable. Ni haber ordenado bombardeos masivos de instalaciones militares o poblaciones civiles extranjeras. Nada, ni de lejos, parecido a los casos de los bombardeos masivos de la ciudad de Panamá o de Belgrado. Ni a los casos de los bombardeos masivos e invasiones militares de Afganistán e Irak.

Habrá quien diga, desde luego, que Donald Trump no ha pasado de las palabras a los hechos porque las circunstancias geopolíticas no se lo han permitido. Hoy, como se demostró en Siria, existe un poderoso contrapeso económico, político y militar, llamado Rusia, a las decisiones guerreristas de Washington. Y otro poderoso contrapeso si las acciones bélicas de EU son percibidas por China, cual es el caso de Corea, como una amenaza a su propia seguridad.

Habrá también quien diga que en realidad Trump no manda, y que es el llamado establishment el que boicotea los afanes belicistas del mandatario, dados los indeseables efectos colaterales de una agresión militar a Corea, Irán, Venezuela o Cuba. Esta última consideración puede explicar por qué el belicoso establishment no se suma una acción bélica ordenada por Trump, o por qué aquél no la decide por sí mismo.

El porqué explicativo puede estar a medio camino entre la pura patología discursiva de Trump y las consideraciones del Pentágono y otras agencias gubernamentales acerca de las indeseables consecuencias de una acción armada unilateral en las actuales circunstancias geopolíticas del planeta. Otra vez Rusia y, eventualmente, China.

Otro porqué explicativo puede estar en los cálculos estadounidenses acerca de la capacidad defensiva de Corea, Irán, Cuba y Venezuela. Nada hace suponer que una agresión en gran escala a esas naciones no termine en una rotunda derrota para el agresor.

En cualquier caso es observable, salvo en las puras palabras, una evidente resistencia de Trump para embarcarse en aventuras militares en el extranjero. Y es fácilmente deducible que la buena capacidad defensiva de las naciones amenazadas es un factor nada desdeñable a la hora de optar por una salida bélica por cuenta del agresivo y criminal establishment estadounidense.

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