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miércoles, 23 de agosto de 2017

Nostalgia del Porvenir / Mercaderes de la mierda

Fernando Amerlinck

No soy amigo del lenguaje procaz pero los vocablos claros sirven cuando hay que tratar asuntos gravísimos.

España es una mierda, es el principal argumento de la extrema izquierda de Podemos y de la izquierda “moderada” española (y de los separatistas catalanes) para envilecer cuanto huela a la España eterna, la que sostenía valores mucho mayores que un individuo o una generación; la que defendía su unidad y singularidad de gran nación; la que construyó el primer gran imperio moderno, genuino heredero del empeño civilizador que fue el imperio romano; la España que animó a los reyes católicos y a los conquistadores y a inmensos escritores y santos y pintores y místicos y músicos y artistas; la de Salamanca, en cuya universidad (no fue la única) bulló el pensamiento escolástico que daría origen a los liberales escoceses como Adam Smith, y a los padres fundadores de los Estados Unidos.

Contra ello, la reciente película política pseudohistórica Los últimos de Filipinas narra tendenciosamente la postrera gesta militar del imperio español: una resistencia tremenda de la última guarnición, ignorante de que Filipinas había caído ante el naciente imperio de Estados Unidos. La frase final de esa producción patrocinada por el gobierno de la corrección política es “a la mierda España”. Tal opinión sobre su pasado tienen los que hoy gobiernan, si financian un cine impensable para quien vea con orgullo sus gestas históricas, como Inglaterra o Francia o cualquier país decente (y reconozca sus claras pifias, como Alemania o Japón).

Me ha tocado personalmente el atentado de Barcelona. Uno de mis hijos, con su esposa, hijas, cuñada y suegros, caminaba por Las Ramblas minutos antes de que unos islamistas radicales arremetieran en una camioneta contra quien se les pusiera enfrente. Con dos carreolas y una silla de ruedas, habían andado en paz donde pronto habría una estela de sangre y odio; visitaban la gótica catedral de Barcelona cuando supieron qué ocurría afuera.

Furiosos estaban los asesinos porque dos días antes en Alcanar (Tarragona) les explotó una de las doce bombas que fabricaban en nombre de Alá (a) el Misericordioso. La policía de la Generalitat catalana, sabedora de que los “accidentados” eran marroquíes, descartó la conflagración como una ordinaria explosión de gas pero no cumplió con la obligación de informar a la Guardia Civil, experta en terrorismo. Hay versiones de que la Guardia Civil pretendió averiguar pero no se lo permitieron. ¡Faltaba más! ¿No son muy machos y bien autosuficientes los catalanes? Para la Generalitat, España es potencia extranjera. Tan chato orgullo ayudó a que esos musulmanes se lanzaran después a conseguir su propósito ya no con bombas sino con una camioneta.

Al grito de Alá es grande manejaron en zigzag para hacer el mayor daño posible y pudieron llegar adonde había centenares de paseantes porque la muy izquierdista e independentista Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, no atendió la recomendación del Ministerio del Interior de instalar bolardos y jardineras de concreto para impedir algo así. ¡Madrid no manda en Barcelona, carajos!

Ya van dos envíos directitos a la mierda: la experta Guardia Civil no pudo investigar, y la gente no tuvo barreras físicas.

El tercer envío a la mierda ocurrió después: la Generalitat denunció la “poca cooperación” del gobierno de Rajoy en la lucha antiterrorista. Vaya. Se quieren independizar pero piden que les haga su chamba un gobierno cuya autoridad desdeñan porque claro, son harto independientes para negar que ayuden los que sí saben y que sí han impedido atentados en regiones menos arrogantes que esa “Catalunya” que ni la española ñ acepta.

Para lo que es bien autónoma la alcaldesa es para contratar gente. Su directora de Comunicación, Águeda Bañón, tiene la curiosa costumbre de bajarse los calzones (en el caso no comprobado de que los use) y orinarse para la foto en las calles de cualquier ciudad europea; ejerce como activista postpornográfica —cualquier guarrada que eso quiera decir. Y tan esforzada alcaldesa ha decidido instalar mingitorios públicos… sin puerta. Punto menos que permitir a la gente excretar sus efusiones líquidas en plena banqueta. (Al cierre de este artículo no tengo noticia de adónde mandan las excretas sólidas.) En fin, es ése el tipo de gente que “gobierna” Barcelona sin mayoría de votos, bajo la insignia del ultraizquierdista partido Podemos, partidario del pensamiento único y financiado por Venezuela y por Irán. La variante española de Morena.

Se ve clarita la opinión de varias izquierdas mexicanas, que mandan a la mierda o al diablo a las instituciones y a sus adversarios. Así, López Obrador confunde a México con sus enemigos. Claro que los enemigos son una mierda y México también; son incapaces de concebir un país donde quepamos todos.

Esa gente repite y revive las luchas intestinas del siglo XIX, que arruinaron a México y España hasta bien entrado el siglo XX. Nuestra revolución destruyó al país, como años lo hizo después la embestida de los republicanos radicales contra todos los demás —especialmente los católicos— e hizo inevitable un alzamiento nacional.

Si para Podemos y Morena no hay un país mayor que ellos mismos y sus proyectos facciosos, para los musulmanes no cabe otra religión. Vivimos intentos de dictadura: la religión única y el pensamiento único. Los que no estemos con la una y con el otro somos prescindibles y expropiables, robables y quizá, finalmente, aniquilables.

Venezuela financia a ambos partidos enviadores a la mierda. ¿Pero desde cuándo tiene derechos la mierda? No, no merecen respeto su propiedad privada y su libertad.

Es literal: hace años, siendo presidente del PRD López Obrador, Cárdenas le presentó a una doctora apellidada igual que un enemigo del peje. Al oír ese apellido le espetó a dicha dama “¡Yo no hablo con la mierda!”. La insultada es una querida amiga mía. También es para mí el agravio.
Es ésa la gente cuya violencia verbal irremisiblemente conduce a la violencia física; su ánimo por dividir enciende fuego ante un pasto seco. Es ése el tipo de gente que quiere gobernarnos el caudillo tropical, con sus aliados usuales: tipos que rechinan de limpios como Batres, Bartlett, Bejarano, Padierna, Korrodi, Godoy, Ponce, Abarca, Ángeles Pineda, Romo, Rigoberto Salgado, César Cravioto, Fastlicht, Guadiana y tantísimos más; y tránsfugas multicolores ávidos del reparto de huesos. Y si Arturo López Obrador lo critica, lo niega: “Yo no tengo esos hermanos”.

La mayor parte de los mexicanos no quiere que gente así rija el destino de nuestro país. No necesitamos que por preferir al “pueblo bueno” y sus votos nos manden a esa sustancia mefítica, blanda y pestilente, tras haberse robado por “justicia social” nuestro patrimonio y libertades, y arrebatarnos nuestra historia futura por una o dos o tres generaciones en aras de sus ambiciones de poder y de dinero. No.

Pero los canallas pueden triunfar, aun sin votos de la mayoría: Morena podría ganar la presidencia. Sin ser mayoría, Podemos y sus adláteres gobiernan las principales capitales españolas. Sin ser mayoría, los musulmanes pretenden imponer la ley sharia en Europa y España (en Cataluña está más de la mitad de las mezquitas fundamentalistas en España, y la población musulmana ha crecido más del 20% en 4 años; hoy son más de medio millón).

Y tienen razón: si Occidente prefiere el pensamiento único y desdeña los valores de libertad individual y derechos humanos que dieron base y sustento a nuestra civilización, el Islam impondrá la religión única.

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