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miércoles, 21 de junio de 2017

Nostalgia del Porvenir / Maximiliano, Miramón y Mejía, 150 años

Fernando Amerlinck

Ante un pelotón de fusilamiento cerca de Querétaro dieron su vida hace 150 años tres mexicanos, tres patriotas, tres víctimas de la discordia nacional y de la intriga internacional: potencias extranjeras de dos continentes y dos logias masónicas utilizaron a México como tablero para un juego de tronos. Se aliaban con liberales o conservadores, enfrascados éstos en una guerra civil a partir de dos visiones contradictorias en la joven e inmadura república mexicana.

Ante la caótica inoperancia de una república cuyo mayor protagonista se llamó Antonio López de Santa Anna y a la que bastaron 25 años de “independencia” para perder más de la mitad de su tierra, hubo esperanzas de rescatar la monarquía, perdida 38 años antes, con un segundo emperador. No era raro buscarla. México había vivido 300 años bajo el imperio español, y subyugado hasta 1521 por feroces caciques tlatoánicos. México —hoy aún, más entonces— es monárquico. Nada de raro había tampoco en que llegase un miembro de la casa de Austria, si el primer emperador de la Nueva España — Carlos V de Alemania— era de esa misma casa.

Cayeron ante el pelotón Maximiliano de Habsburgo, segundo emperador de México. Manuel Miramón, general de división y presidente varias veces. Y el general de división Tomás Mejía, indio puro como el presidente Juárez. Hombres de su tiempo todos ellos, no juzgables con parámetros de hoy.

Quien me conozca sabe que soy monarquista aparte de liberal por ser inequívocamente defensor de la libertad individual y la propiedad privada: del propio cuerpo, la propia vida, el patrimonio y el fruto del propio trabajo. No veo contradicción en ser liberal y monárquico; el propio Maximiliano lo fue. Los valores de la república son los ideales de la cosa pública y pueden darse con división de poderes en una monarquía constitucional y un estado de derecho.

La monarquía tiene la ventaja de una jefatura del Estado con sucesión dinástica que dé continuidad histórica, sin las veleidades y movimientos pendulares de una jefatura de gobierno electa democráticamente según haga falta, como ocurre en una república ordinaria. Imaginemos un panorama en que Juárez es primer ministro de Maximiliano; y dado que éste no tuvo descendencia legítima, lo habría sucedido como emperador un nieto de Agustín I. Y Porfirio Díaz como primer ministro. Interesante ¿no?

Puede sonar atrevido algo así, pero daría continuidad histórica a la gobernanza pública sin caer en dictaduras ni excesos de poder como aquellos en que en todo momento han incurrido nuestros literalmente monárquicos presidentes imperiales. Sería manera también de mitigar los extremismos simbólicos de Maximiliano y Juárez, que dan pulso al camino sin fin de los resentimientos mexicanos en el viaje redondo entre extremos y contradicciones: los fanáticos acusan a los adversarios de ser mafia del poder y ser tan pésimos que no hay conversación posible; los malos y los buenos lo son en grado tan puro, que no es posible ningún acuerdo. Tan extrema santidad-malicia anula toda legitimidad a la existencia del otro. Octavio Paz entendió que es éste el problema nacional esencial: “…un desgarramiento que es todavía una herida, una herida aún no cicatrizada. Quizá el siglo XXI será el siglo en que esta herida viva en la historia de México, al fin, se cierre.”

Hace 10 años, en unos artículos sobre Juárez y Maximiliano, escribí esto:

“Sueño con que en 2017, luego de un esfuerzo de una década de reinterpretación de la historia; y con el invaluable apoyo de historiadores tan limpios y decentes como el gran Catón (Armando Fuentes Aguirre), pudiéramos erigir un monumento a Juárez y a Maximiliano, a Miramón y Escobedo, a Mejía y González Ortega. Todos juntos, y preferiblemente en Querétaro. De igual manera, a 500 años de la conquista podría erigirse en Tlaxcala, en 2021, un monumento conjunto a Hernán Cortés y Moctezuma, flanqueados por Gonzalo de Sandoval y Xicoténcatl, Cuauhtémoc y Pedro de Alvarado. Y en ese mismo año, a 200 de la consumación de la Independencia, hagamos otro monumento en Iguala a Agustín de Iturbide junto con el último virrey, O’Donojú.”

No veo hoy, en este país dividido y lleno de odio y de violencia, gran esfuerzo por reinterpretar, mucho menos perdonar a la historia. Felipe Calderón desperdició la oportunidad del Bicentenario para lograr que el mexicano se reconciliase con su pasado, y fomentó la mentira de que México llevaba 200 años independiente. De nada sirvió el tiradero de dinero en ese festejo lamentable.

Esta tarde hubo en San Ignacio de Loyola una celebración eucarística solemne organizada por un sobrino que honra el apellido que comparte con el emperador, don Carlos Felipe de Habsburgo Lorena, mexicano también. Resonó el Himno Nacional con la orquesta y coro de Carlos Esteva. No merecía menos el recuerdo de aquellos tres héroes católicos pertenecientes a la historia del lodo, fusilados por orden de Juárez, el mayor baluarte de la historia de bronce.

Fue significativo el Evangelio de Mateo. Jesucristo instruye a olvidar el ojo por ojo, diente por diente. “Al que quiera ponerte pleito para quitarte el manto, dale también la túnica; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no le rehúyas”. Con tal entrada, y con los duraderos odios al emperador, el P. Francisco Morales insistió en el perdón a los agravios humanos, las injusticias y las injurias, para recobrar el valor inmenso de la paz.

Hace hoy 50 años de que participé en una misa en La Profesa, adornada con un busto de Maximiliano en bronce; hoy hubo un cuadro al óleo. Estaba esa iglesia plagada de fotógrafos de la secretaría de Gobernación y teníamos todo tipo de temores, desde la burla hasta el sabotaje. (Quien diga que México no ha mejorado en libertades cívicas no sabe de qué está hablando.)  Fue la primera vez —que yo sepa— que se tocó en una iglesia el Himno Nacional. Díaz Ordaz se puso tan furioso que mandó a hacer una ley sobre el uso del Himno. Pero me enorgulleció participar en ese juvenil, primerizo esfuerzo por reconciliar el alma nacional con su historia.

Vale la pena mirar atrás para reconocer en el alma de la gente que vivió y sufrió, con amor y visión de futuro, su destino. Fueron grandes los militares Miramón y Mejía, como también lo fueron Escobedo y González Ortega. Fue fallido y claroscuro Juárez, y también Maximiliano: en Lombardía fue un gobernante bondadoso amado por su pueblo pero no ayudó a la unificación de Italia; y en México se hizo un extremista liberal que no comprendió lo que deseaban quienes lo fueron a buscar a Miramar. Son —somos—seres humanos de carne y hueso, nunca sólo de bronce o lodo.

Hace falta valor y hombría en quien mira a los ojos las cuencas vacías de la muerte, para poder decir “Voy a morir por una causa justa, la de la independencia y la libertad de México. Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria. ¡Viva México!”

Es ése el Maximiliano I que haríamos bien en evocar y conocer. Un mexicano que dio su sangre, con sus compañeros de armas y de patíbulo, para que México tuviera un mejor futuro. No desperdiciemos el sacrificio de aquellos tres patriotas.

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