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martes, 9 de mayo de 2017

¿Por qué no manda México?

Miguel Arroyo

(Décima Primera Parte)

Por alguna extraña razón que se encuentra profundamente arraigada en nuestro inconsciente colectivo, el perdedor cuando se martiriza, es un héroe aunque sea el derrotado, es más el hecho de no ser el vencedor lo hace aun más apreciado.

La mayoría de nuestros héroes nacionales fueron subyugados por sus contrincantes; Cuauhtémoc, Hidalgo, Morelos, Madero, Zapata, Villa, Carranza y los llamados “niños héroes” entre otros, todos murieron a manos de sus adversarios y fueron refrenados en sus causas.

Se salva como excepción que confirma la regla, Juárez que murió en su lecho. A  Porfirio Díaz, el triunfador de nuestra historia; temido por el invasor francés, pacificador del país y reconocido por los gobiernos europeos de la época, no se le perdona que no haya sido nunca vencido y que hubiere renunciado voluntariamente a la presidencia, embarcándose con su prestigio prácticamente intacto, en Veracruz rumbo a Europa. Un héroe nacional triunfador en este país de mentalidad derrotista, ¡imposible!

Para los anglos en cambio el triunfo hace al líder, carecen del llamado en la cultura popular moderna mexicana, del síndrome de Pepe el toro.

La Guerra de Invasión a México -1846-47 –  que hemos seguido en estas líneas, era para una parte importante de la opinión pública de los gringos, injusta e ilegal porque se realiza prácticamente a espaldas del Congreso, citamos de nuevo a William Jay:

“Hemos visto en las páginas anteriores, que se hicieron preparativos amplios y providentes para el comienzo de la guerra en el Río Grande y para la toma de California, no sólo sin la aprobación del Congreso, sino aun sin consultarlo. Es del todo imposible que el Congreso hubiera expedido o el pueblo hubiera tolerado, una declaración de guerra contra México, ni para obligar a ese país a pagar supuestas reclamaciones, ni para hacer que retirara sus tropas y sus autoridades de las poblaciones situadas en el Río Grande. Así que se consideró necesario en primer lugar provocar un choque y después apelar al Congreso para defender el país de una invasión. Por lo tanto, la guerra, aunque fue reconocida y sostenida por el Congreso una vez que dio principio, de hecho se inició a consecuencia de órdenes dictadas por el Presidente bajo su propia responsabilidad y no en acatamiento a una autoridad constitucional o legal. Es verdad que el Presidente, como comandante en jefe  del ejército nacional, tenía el derecho de dirigir los movimientos de las tropas, pero no en forma tal que forzosamente y de intento condujese al país a una guerra. Así  que con toda verdad la Cámara de Diputados declaró que la guerra había sido iniciada por el Presidente con violación de la ley constitucional.

A pesar de todo, esta usurpación de facultades que condujo al sacrificio de miles de vidas y a la dilapidación de millones de dólares del Tesoro nacional,  ha quedado sin castigo. Tan grave falta encontró excusa en los triunfos militares a que condujo; y de este modo se ha dado sanción a un precedente que inviste al Presidente de la República con la prerrogativa real de arrojar sobre el país las calamidades de la guerra.

Y no es este el único caso en que el Presidente asume en su propia persona las facultades que pertenecen sólo al Poder legislativo del gobierno. Aunque no está permitido por la Constitución que el Presidente nombre a su albedrio y placer a un solo funcionario, ni que tome del Tesoro un solo centavo, el Presidente estableció un sistema de tarifas e impuestos interiores en México; nombró a una horda de recaudadores y acumuló, a su disposición, todos los ingresos que pudieran arrebatarse a punta de bayoneta a los mexicanos infelices y empobrecidos; y todo esto lo hizo el Presidente sin la más ligera autorización del Congreso”.

Pero Polk ganó la guerra y eso cubrió con un manto negro su autoritarismo y ambición, cierto que la historia la escriben los vencedores, excepto en México, donde la escriben los derrotados y no lo digo por mal. ¿Cómo ves Andrés?

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