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viernes, 26 de mayo de 2017

¿Por qué no manda México?

Miguel Arroyo

(Décima Tercera Parte)

La tragedia de Julio César atribuida a Shakespeare es como decíamos en la entrega anterior,  la lección histórica de la visión de la razón de Estado:

Veamos… Nadie sabía sí César se convertiría en un tirano aunque sus allegados Casio y Bruto así parecían preverlo.

Por otra parte Casio y Bruto lo estimaban. Casio había sido su compañero de armas y Bruto su protegido. Los dos pues le tenían un gran afecto y debieron tener un fuerte conflicto de emociones durante el proceso de toma de una decisión tan drástica que afectaría y lo sabían, la historia de Roma.

Pero había una razón suprema sobre sus tribulaciones personales; la razón de Estado.

La razón de Estado es una construcción mental, fruto de un análisis que realiza quien está dentro en los círculos de poder y se convence de que su decisión es lo mejor para el gobierno de los suyos.

De alguna manera César sabe su destino y lo asume no con fatalismo, sino porque intuye el peligro.

Bruto ama a César pero ama más a Roma; razón de Estado.

“BRUTO.- ¡Tened paciencia hasta el fin, romanos, compatriotas y amigos! Escuchadme en mi causa y guardad silencio para que podáis escuchar; creedme por mi honor y respetad mi honor para que creáis: censuradme en vuestra sensatez, y despertad vuestros sentidos para juzgar mejor. Si hubiere en esta asamblea algún caro amigo de César, a él me dirijo para decirle que él no amaba a César más que Bruto.  Y si ese amigo pregunta por qué se levantó Bruto contra César, he aquí  mi respuesta: no porque amara menos a César, sino porque amaba más a Roma. ¿Querríais  más bien que viviera César y morir esclavos todos, que ver morir a César y vivir todos como hombres libres? Puesto que César me amaba, lo lloro; de que fue afortunado me regocijo; como a valiente le honro; pero como a ambicioso le maté. Hay lágrimas para su afecto, alegría para su fortuna, honra para su valor, y muerte para su ambición. ¿Quién hay aquí tan bajo que quisiera ser siervo? Si le hay, que hable; pues a ése he ofendido. ¿Quién hay aquí tan vil que no ame a su patria? Si le hay, que hable; pues también le he ofendido. Me detengo para esperar respuesta”.

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