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jueves, 4 de mayo de 2017

Economía y política / Venezuela: la derecha se quedó sin opciones

Miguel Ángel Ferrer

La derecha venezolana, auspiciada, financiada y tripulada por Estados Unidos está decidida a derrocar al gobierno del presidente Nicolás Maduro.  Están en ese empeño desde que Maduro llegó a Miraflores. Pero los trabajos de desestabilización y de aprestos de derrocamiento del gobierno bolivariano se remontan a los primeros meses del mandato presidencial de Hugo Chávez. Recuérdense el golpe de Estado de 2002 que sacó por unos días a Chávez del poder y el boicot petrolero que pretendió asfixiar la economía venezolana y, como fin último, deshacerse de Chávez y del movimiento popular bolivariano.

Hasta ahora, como se ve, todo ha sido inútil. Y esto por varias razones. La primera es que la derecha venezolana no cuenta con las fuerzas armadas. La oligarquía criolla y una parte de las clases medias han buscado y siguen buscando dividir al ejército, pero no lo han logrado. Y mientras sigan así las cosas, el golpe de Estado no tiene perspectivas.

Una segunda razón es que el chavismo tiene una inmensa y combativa base social y popular. EU y los medios de comunicación dominantes buscan hacer creer que el “pueblo no está con Maduro”. Pero eso es una fantasía, un infundio. El chavismo es, antes que nada, una inmensa y poderosa fuerza popular en movimiento.

Y confiado en esa fuerza popular es que Maduro ha convocado a la realización de una Asamblea Nacional Constituyente. Así el presidente llama a dirimir las diferencias en las urnas. Si la derecha contara con fuerza ciudadana suficiente, no tendría empacho en dar la lucha electoral. Pero sabiéndose carente de ese poder, prefiere acudir a la violencia callejera. Y la experiencia histórica y universal demuestra que con puros disturbios y una creciente violencia verbal no se consigue tumbar a un gobierno con enorme fuerza popular.

Pero los disturbios tienen otro objetivo: buscan crear unas condiciones de aparente caos e ingobernabilidad para pavimentarle el camino a una intervención militar directa que consiga sacar del poder a Maduro. Recuérdense las invasiones castrenses de la República Dominicana en 1965 y la de Panamá en 1989. Los marines consiguieron lo que las derechas autóctonas no pudieron.

Y una tercera y decisiva razón del fracaso de los aprestos golpistas estriba en que Maduro no se ha rendido, no está asustado y responde a los ataques con iniciativas políticas que solidifican su gobierno y unifican el movimiento popular que lo respalda.

Por lo demás la violencia callejera tiene un límite. Golpea por igual a tirios y troyanos. Sus consecuencias afectan hasta a lo desafectos al chavismo. Prolongarla indefinidamente cansa incluso a los que en algún momento la celebraron. Y lo mismo puede decirse del deliberado desabasto de alimentos y medicinas. Lo sufren todos. Es igualmente un camino sin futuro. Insistir por esas vías en el derrocamiento del gobierno de Maduro ya ha probado su ineficacia.

Es obvio que la oligarquía se ha quedado sin recursos. Y a esa carencia de recursos se suma la iniciativa chavista de la nueva Constituyente. Las fuerzas populares han abierto un nuevo camino. Una vía innegablemente democrática.

Si la derecha decide participar podrá tener futuro. La pura violencia callejera, el boicot de la economía y la intervención militar extranjera ya no son opciones. ¿Lo entenderán los Capriles, los Borges, las Tintoris, los Ramos Allup?

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