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jueves, 2 de marzo de 2017

¿Por qué no manda México?

Miguel Arroyo

(Octava Parte)

México se ve en la penosa situación de un país débil, pobre y empobrecido históricamente por sus gobiernos.

Sólo el recuerdo luminoso de la generación liberal del siglo XIX parecen animar la esperanza de que la nación del águila y la serpiente, en eterna lucha pero inseparables, pueden ser gobernados por hombres que entienden que el poder público es para servir y empobrecerse incluso, antes que enriquecer a quien lo detenta.

Los liberales que defendieron las causas de la República, primero contra los gringos y después contra los conservadores y Maximiliano, transitaron por la historia, mostrando con orgullo su pobreza personal y la de su familia, ni aún sus dos máximos exponentes Benito Juárez y Porfirio Díaz reunieron una riqueza desproporcionada. Contra lo que se pensaría de Díaz, por ejemplo, sus hijos tuvieron que trabajar pocos años después de dejado el poder y sus nietos y bisnietos no pasaron de llevar una vida decorosa, estos últimos son aún ejemplo de aquello.

Como hemos visto en entregas anteriores, los gringos en 1846 provocaron a México, invadiendo sin oposición a nuestra patria para llamarse agredidos y declarar la guerra con “legitimidad”.

El cínico de Polk, el 8 de diciembre de 1846 dijo ante su  congreso:

“Pero habiendo sido México quien comenzó la lucha, la hemos llevado hasta el territorio enemigo y allí se le proseguirá con todo vigor, con el fin de obtener una paz honorable y por ese medio asegurarnos una amplia indemnización por los gastos de guerra así como por los daños sufridos por nuestros conciudadanos, quienes tienen pendientes cuantiosas reclamaciones pecuniarias contra México”.

William Jay hace el comentario a este cinismo de su compatriota:

“Ya hemos visto antes los primeros esfuerzos tan persistentes que realizó Mr. Polk en su deseo de apoderarse de California, y la declaración oficial que puso en sus instrucciones a Stockton, en el sentido de que no alcanzaba a prever ninguna contingencia por la cual los Estados Unidos hubieran de devolver esa provincia o renunciar a ella. ¿Qué lenguaje puede ser más falso que el que afirma estar sosteniendo una guerra por adueñarse de cierto territorio, y al mismo tiempo asegura que no estamos combatiendo con fines de conquista sino sólo para obtener una indemnización? Pero independientemente de estas argucias tan desdichadas en el empleo de una palabra, detengámonos un momento a considerar las declaraciones que hizo el Presidente a  su pueblo, un pueblo cristiano. Ya no simulaba que esta guerra suya fuese sólo defensiva. A lo que parece, seguiremos combatiendo hasta que se nos pague por la molestia que nos tomamos de matar a seres humanos. Asesinamos a los mexicanos en el Río Grande; pero como no recibimos en cambio pago alguno, nos pusimos entonces a bombardear Veracruz, y matamos más mexicanos. Con esto creció nuestra demanda de indemnización. Como no la recibimos tampoco, emprendimos marcha de cientos de millas hasta la ciudad de México y matamos a otros miles más. Claro está que esto agregó nuevas cifras a nuestra reclamación, y proseguimos así sembrando desolación y muerte, hasta quedar perfectamente indemnizados por todo el dinero, la molestia y la sangre que habíamos gastado en la magna tarea de llenar a una República hermana de dolor, de lamentos, de luto. La idea de matar así a otro pueblo y sacrificar la vida de nuestros propios ciudadanos en el solo propósito de que se nos pagara por pelear, es original de Mr. Polk; por lo menos no encuentra él un precedente de semejante política en la historia de su propio país.”

En la próxima entrega comentaremos con amplitud las similitudes desde los discursos de Polk y Donald Trump.

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