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jueves, 23 de marzo de 2017

Nostalgia del Porvenir / El Cusco de tres (o cuatro) culturas

Fernando Amerlinck

Cusco.– En esta ciudad, sede del imperio de los incas, las primeras obras que sirvieron para dar fundamento a su civilización fueron esas tremendas bases hechas de piedras solidísimas. Un fundamento literal, material, para los edificios principales y residencias de los emperadores. Hace falta un fundamento moral e ideológico para hacer posible algo tan inmenso como un imperio que abarcó la mitad de Sudamérica, conocimiento que me rebasa.

La sede de esa tremenda construcción política, religiosa y económica estaba en Cusco, concretamente en la Coricancha, cimentada con inmensas piedras rompecabezas perfectamente bien esculpidas e integradas, y sobre la cual edificaron los españoles la iglesia y convento de Santo Domingo.

Los más aventurados investigadores de plano teorizan que tal construcción megalítica la tuvieron que haber hecho civilizaciones no humanas con tecnología tampoco humana. Así de plano. Un camellero nos dijo en la meseta egipcia de Giza —como si tuviera evidencia— que las pirámides eran obra de alienígenas. Y se justificó diciendo que era la única manera de explicar que algo así podría existir.

Para Mauro Biglino, traductor bíblico radical del hebreo antiguo, el antiguo testamento relata encuentros antiguos con “dioses”, es decir, extraterrestres que llegaban en naves de fuego haciendo estruendo y lanzando rayos de luz. Hasta da fechas para sus teorías. Relata que los “dioses” convivían con los humanos y se entremezclaban con ellos y encuentra, en documentos babilónicos y en el Génesis, evidencia de manipulaciones genéticas que datan de más de 100,000 años. Habla de annunakis, de visitantes de Orión y de las Pléyades. En fin…

Sin irnos a tan extremosos y extremistas extremos, en verdad se antoja creer que construcciones tan brutalmente grandes y exquisitamente ejecutadas como las de Egipto, Cusco y Sacsaihuamán son obra no humana; lo mismo los moais de Pascua o la infinidad de megalitos que abundan en lugares distantes entre sí, los mayores en Baalbek, Líbano, que se atribuyen —sin buenos argumentos— a los romanos. Ninguna explicación arqueológica standard es suficiente para proezas de tal magnitud.

Para gente que vivía en ambientes donde, salvo el sol y la luna, casi nada brillaba (por eso era útil a los tlatoanis o incas vestirse con oro y plata, respectivamente el sol y la luna) ver relucientes armaduras metálicas montando bestias desconocidas de cuatro patas hacía ver como dioses a los conquistadores: emisarios de Viracocha en el Perú, Quetzalcóatl los mexicas, Kukulcán los mayas. Y también parecerían dioses unos seres tan desconocidos cono los extraterrestres.

El investigador pamplonés J.J. Benítez es creyente profundo, con buenos argumentos, en la presencia de visitantes de otros planetas y en su huella histórica. Supone que, con tecnología ajena a lo que hemos logrado inventar, lograban por ejemplo manipular la fuerza de la gravedad y así desplazar monolitos de 10 a 500 toneladas sin necesidad de valerse de centenares de esclavos, sogas, rampas, rodillos o poleas. Si así fuese, la primera cultura del Cusco habría sido la alienígena. La segunda, la de las culturas preincaicas e incaicas que se encontraron Pizarro y Almagro en el Perú.

La cuarta cultura es desde luego la que llega al Cusco en avión o arranca en ferrocarril hacia Machu Picchu, mientras que la tercera será la que trajeron los españoles cuando lograron dominar y derrotar a la cultura prehispánica a partir de 1532.

Las obras religiosas hechas por España son las más notables de esa cultura en la ciudad de Cusco, y afortunadamente no fueron víctimas de las pulsiones neoclásicas e iconoclastas de Matías Maestro y sus discípulos, como en Lima. Los retablos de las iglesias y la catedral están esencialmente intactos, de forma que sorprende al visitante su grandiosidad, abigarramiento, riqueza y autenticidad. Me recuerda a iglesias casi intactas como Santa Prisca en Taxco, o Regina Coeli y la Enseñanza, en la ciudad de México. Y Tepotzotlán, donde ya no hay culto.

A diferencia de Lima, son iglesias preciosas por dentro y no sólo por fuera. Vaya magnificencia de los retablos esculpidos en cedro y cubiertos con pan de oro y donde resalta la mano indígena y hasta símbolos locales, como la Madre Tierra (la Pachamama), con profusión de pinturas al óleo entre las cuales lo más único del Perú son los ángeles con un arcabuz; columnas barrocas salomónicas, esculturas policromadas, espejos en naves y sacristías, órganos tubulares. En iglesias pequeñas como Santa Teresa, o en enormes, como la Compañía. Todo más bien en un estilo plateresco, que también se ve en México. El barroco churrigueresco es más característico nuestro, y de él vi poco.

En la catedral, verjas laterales inmensas para cerrar las capillas; una riquísima sacristía, difícil de describir; una sillería del coro a media nave, como la que logramos rescatar en la catedral de México tras el incendio de 1967, que hizo cenizas ese coro y el Altar del Perdón (me incluyo porque participé en una campaña juvenil por defender y restaurar la catedral metropolitana; había autoridades eclesiásticas y civiles que querían demoler esos restos, quesque para darle más capacidad).

Cusco es indispensable para cualquier amante del arte, la historia, la arqueología y la antropología. Por ejemplo, vi un lugar donde se invita a probar la ayahuasca, droga sagrada en Sudamérica que, para quien la ha probado, resulta una experiencia vital que modifica para bien la propia existencia (a pocos la modifica para mal). Ese bebedizo produce efectos asaz desagradables (diarrea, vómito) preparado a base de plantas amazónicas que abre las puertas de la percepción mediante la misma sustancia activa que nuestro cerebro produce con la glándula pineal, y que a veces influye en nuestros sueños nocturnos: DMT, dimetiltriptamina.

Debo confesar que se me antoja enormemente probar la ayahuasca, que es todo menos recreativa: es para autoconocimiento y mejoramiento personal, no para sentir bonito. Pero hay que usarla con gente que merezca total confianza. Y esto último lo recomiendan autores como el mismo Graham Hancock, o el finado Stuart Wilde.

Estar en Cusco unos cuantos días es casi una falta de respeto a la inmensa cultura e historia de esta ciudad sin límites, cuya bandera es un arcoíris (al principio me confundí con la divisa homosexual de 6 bandas pero en esa el arcoíris está completo).

Cusco invita a regresar. Parecería que nunca es suficiente una sola visita, menos de unos cuantos días. Por visitar otras cosas también indispensables, no podemos estar un tiempo suficiente para hacer justicia a una ciudad tan rica y compleja. He sentido lo mismo en India, Londres y Roma: ganas de pasar meses viviendo allí (sí tuve la bendición de cumplir en Roma ese anhelo).

Y regresar no sólo al Cusco sino también a parajes indispensables bañados por el río Urubamba. El mayor de ellos: Machu Picchu.

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