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martes, 28 de marzo de 2017

La Cueva de la Hidra / Miedo

Margarita Jiménez Urraca

Los recientes asesinatos de tres periodistas en México, o el atentado del miércoles en Londres, reivindicado por el Estado Islámico, producen estupor, tanto como lo sucedido el 11/9 de Nueva York o el Bataclán en París, en Bruselas hace un año, o las guerras, todas las guerras.

También lacera la muerte de niños y adolescentes a manos de otros niños con armas de fuego accesibles a cualquiera, expresión de la violencia de nuestro tiempo, del crimen organizado o del callejero que en el Estado de México se agudiza como en otras regiones del país y del mundo, sin lograr detenerse.

Vivir o imaginar la violencia produce que el cuerpo tiemble, la mente no pueda pensar, el estómago se contraiga, el corazón lata intensamente, la adrenalina ordene al resto del cuerpo huir, es el miedo a ser lastimado, a perder la vida porque se desconoce la forma en que esto pueda ocurrir. El miedo al dolor físico es instintivo, todos lo hemos experimentado alguna vez, es indescriptible, en una palabra, se trata de un miedo animal, que no razona porque sabe que los que delinquen tienen la ventaja, saben a qué y por quién van, la sorpresa y la fuerza les asiste. La violencia nos iguala a todos, lo mismo a los vulnerables que a los fuertes, destruye la obra magnífica de la civilización, no valora la vida cotidiana de la mujer y el hombre comunes que construyen familia, sociedad, ciudadanía; no diferencia a niños de adultos, a ancianos de jóvenes, a dilectos de analfabetas, simplemente arrasa con vidas, bienes, cultura, es la expresión brutal, salvaje del hombre contra su especie: vamos el regreso a las cavernas.

La gente que sale a estudiar, a trabajar, a hacer lo suyo, está expuesta lo mismo a un ataque terrorista que a una ráfaga de balas, a un asalto, robo, secuestro, violación y tienen miedo, no sólo de perder sus magros bienes o herramientas de trabajo sino su vida.

Aquí en el Estado de México, en Naucalpan, en Ecatepec, en Tlalnepantla, en Neza y en otros municipios, gente emprendedora y buena padece este azote, como en otras regiones del país donde el delincuente manda, en sus calles se venden drogas, se comercia con armas, con personas, se organizan asaltos y secuestros, tienen toda una estructura criminal que crece.

Llegó el día en que civilización y la familia están secuestradas por el crimen y el miedo, tanto como en otras latitudes del planeta. Pareciera que Atila le hubiera ganado la partida a la civilización.

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