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martes, 7 de febrero de 2017

¿Por qué no manda México?

Miguel Arroyo

(Quinta parte)

La historia de nuestro país está llena de traiciones a su destino y de errores de sus dirigentes que toman decisiones contra el sentido de la misma.

Desde Moctezuma, cuando contra el consejo de todos sus cercanos, decide acoger al invasor en lugar de aniquilarlo y se deja  tomar preso anteponiendo el intrascendente significado de una vida humana al interés supremo de todo su pueblo, hasta aquél que por unos cuantos pesos pone en entredicho un gobierno o se simula sin recursos escondiendo su fortuna, fruto de la corrupción.

Una de las tragedias de este país, es que sus élites políticas y empresariales con algunas excepciones por supuesto, ven mas por el poder y la riqueza, que por el interés de la nación y del pueblo, quién con desánimo percibe que no puede confiar en sus conductores, como el soldado del 47, no podía confiar en los oficiales capaces de tomar una decisión sin sentido cuando el triunfo y la victoria parecían al alcance de la mano. Se ha olvidado uno de los fundamentos filosóficos del respeto a éste, que todos denominamos país.

Reflexiona Marco Tulio Cicerón:

“Así como son más los beneficios de la patria y es ésta más antigua que un progenitor particular, así también se debe más gratitud a ella que a un padre”.

Pues ésta patria a la que se le debiera más gratitud que a quienes nos dieron la existencia material, ha sido con frecuencia olvidada por aquéllos que en las coyunturas históricas de nuestra Nación han preferido el beneficio personal y la mezquindad a la altura de miras.

Sigamos con algunas estampas de la guerra de 1847, tomados como ya referíamos, de la obra de William Jay.  El 28 de mayo de 1846 colocado ya Taylor apuntando sus cañones frente a Matamoros, no encuentra  oposición ni actitud hostil que le permita emitir una declaración de guerra, lo más que tuvo a la mano fue el hecho de que los nuestros levantaran algunas trincheras, pero le  llama a sorpresa la actitud pusilánime ante lo que es evidentemente una agresión de los gringos.

Refiere un tal Capitán Henry en una carta personal:

“Campo frontero a Matamoros, 19 de abril de 1846.- Nuestra situación aquí es en realidad extraordinaria. En mitad del país enemigo y ocupando de hecho sus milpas y algodonales, la gente abandona sus campos y sus hogares y nosotros, apenas un puñado de hombres marchamos con banderas desplegadas y batiendo los tambores bajo los cañones mismos de una de sus principales ciudades, desplegando la bandera de las barras y las estrellas como en un reto a esa gente, al alcance de su mano, y ellos, con un ejército dos veces cuando menos más grande que el nuestro, permanecen sentados quietamente sin oponer la menor resistencia, sin el menor impulso por rechazar a los invasores. No se conoce nada parecido”.

La pasividad del pueblo sorprendía al invasor.
Cinco días después el general Ampudia llega a la plaza de Matamoros con refuerzos y le da a Taylor un plazo de 24 horas para retirarse. Escribe William Jay sobre este incidente:

“Agregaba Ampudia: “Si insiste usted en permanecer en tierra del Estado de Tamaulipas, se hará evidente que las armas y nada más la fuerza de las armas deberá decidir esta cuestión”. Como Taylor había sido enviado a Tamaulipas expresamente para producir este resultado, se aprovechó de la ocasión para apresurar la crisis apetecida. Los mexicanos habían mostrado una tolerancia que casi equivalía a pusilanimidad. De seguir en semejante estado de tolerancia, si el enemigo permanecía quieto al otro lado del río, ¿cómo podría principiar la guerra?

Cualquier ejército ante un acto de invasión como el de los Estados Unidos hubiese atacado sin más al invasor, pero parece ser que cuando los gringos nos ofenden, agreden e insultan, nos gana la cobardía.

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