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miércoles, 1 de febrero de 2017

Constelación Andrómeda / Que se vuelva a leer en voz alta en las escuelas: Juan Domingo Argüelles


Norma L. Vázquez Alanís

*  “La gente tiene que estar sana del cerebro y de la inteligencia”, dice

“Me gusta tocar un libro, respirarlo, sentirlo, llevarlo… ¡Es algo que una computadora no ofrece!”: Ray Bradbury.

Este pensamiento del autor de la novela ‘Fahrenheit 451’, reafirma lo expresado por el poeta, ensayista, crítico literario y escritor mexicano Juan Domingo Argüelles, en el sentido de que Internet es el universo de los fragmentos, mientras que una obra completa la tiene uno en un objeto portátil como es el libro, que siempre será más rápido de consultar, habiendo marcado con lápiz la página, que meterse a la red por más veloz que sea la búsqueda en la carretera de la información.

En estos tiempos, cuando la tecnología ha invadido nuestra cotidianeidad, vale la pena recapitular acerca de los conceptos que, sobre Internet, el libro en papel y la lectura en voz alta, especialmente de poesía, formuló el maestro Argüelles en una charla ofrecida en la Biblioteca ‘Ernesto de la Peña’ de la Fundación Carlos Slim, en el otoño de 2015.

El también editor y catedrático apuntó que Internet sólo tiene ventaja en los libros de consulta, en la información y en muchas cosas que nos sirven, porque el libro de papel seguirá teniendo esa virtud de lo portátil y lo manejable, pero a la vez también sigue siendo el instrumento por excelencia de la transmisión de la cultura.

Y es que dijo: “Internet lo que nos ha dado es la transmisión de la información, ni siquiera del conocimiento, porque el conocimiento es una fase superior a la información; es cuando interpretamos la información y nos sirve para nuestra propia vida”. Consideró que Internet tiene un gran valor, pero es necesario darse cuenta que las dos posibilidades van a convivir todavía durante algún tiempo.

En el ciclo ‘Arte y práctica de los géneros literarios’, Juan Domingo Argüelles habló sobre los poetas y la poesía, pero no se circunscribió a este tema, fue más allá e hizo reflexiones tan interesantes como que “los escritores y los lectores somos personas raras”.

Citó al novelista, dramaturgo y periodista italiano Alessandro Baricco, para quien todos los lectores provienen de una herida no resuelta, en qué momento les pasó, quién sabe, pero la única manera que tienen de resolverlo es leyendo, y los escritores la única manera que tienen de resolverla es escribiendo.
Recordó el profesor Argüelles (Chetumal, QR, 1958) que cuando niño recitaba poemas de los cuales no sabía qué significaban, pero explicó que eso era resultado de que había un profesor interesado en que sus alumnos leyeran, aprendieran y recitaran poemas.

Lamentó mucho que la poesía, y especialmente la poesía en voz alta, haya sido expulsada de la escuela. En qué momento la eliminaron, se preguntó; no lo podemos determinar, dijo, pero en algún instante fue alejada de las aulas porque, además, los profesores dejaron de leer en voz alta. Las nuevas generaciones de profesores desaprendieron a leer en voz alta.

Expuso que él tuvo profesores que sabían leer en voz alta y aprendió a leer así, con cadencia, con emoción, con inflexiones, porque -apuntó- el otro modo de leer es no comprender, es leer mal para no comprender lo que se lee. La falta de lectura en voz alta y de la lectura de poesía en las escuelas, suprimió prácticamente la posibilidad de que un niño pudiera expresarse libremente.

Declarado enemigo de la lectura por obligación, el escritor y poeta sostuvo que la lectura no debe dejarse como tarea, tiene que ejercerse dentro del aula, donde se pueda leer de manera común, además de que sea posible estudiar y analizar lo que se ha leído de manera conjunta; “no hay que obligar a leer, sino seducir con la lectura, que es un acto placentero y gozoso, un vicio maravilloso y un deleite singular”.

Así como se incluye la educación física en los programas de enseñanza en las escuelas, debiera establecerse una hora de lectura en voz alta, recomendó, porque “la gente tiene que estar sana del cerebro, de la emoción y de la inteligencia”, lo que solamente se consigue leyendo.

Todos podemos darle una interpretación diferente a lo que leemos y podemos encontrar lo que queramos en un texto, dependiendo de nuestra ideología, de nuestro temperamento y de nuestros prejuicios, por supuesto; “los fragmentos de textos que se quedan en uno y transforman su existencia constituyen exactamente la lectura”.

A lo anterior podemos agregar que la lectura en público -en voz alta, por supuesto- en la Francia del siglo XVIII, cumplía una función social, tal como documenta Alberto Manguel en su ensayo ‘Una historia de la lectura’ (Alianza Editorial, 400 páginas).

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