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lunes, 24 de octubre de 2016

La Cueva de la Hidra / El Juez

Margarita Jiménez Urraca

Un hombre muere en mí siempre que un 
hombre muere en cualquier lugar, asesinado…
Jaime Torres Bodet

En Metepec, uno de los municipios desarrollados del país donde viven no pocos políticos mexiquenses, declarado pueblo mágico, conurbado con Toluca, capital del Estado de México, se cometió el artero homicidio que terminó con la vida de Vicente Antonio Bermúdez Zacarías, Juez Federal de 37 años de edad, en plenitud vital y profesional. El prodigio y el horror de las redes sociales dieron cuenta del momento preciso en que lo mataron. Se le vio pasar de ejercitarse temprano en la mañana, rutina de su vida cotidiana, al mundo violento, cruento, injusto –que ironía- que nos envuelve a todos. El ojo luminoso, técnico, inhumano de una cámara captó los minutos finales de su vida, parecía un video de dibujos animados, pero no, lo que se vió fue la muerte de un ser humano.

Las redes sociales y los medios de comunicación dieron cuenta del hecho muy probablemente frente a los ojos atónitos y el alma desgarrada de su familia y sus amigos –así lo imagino–. Esperaría que el daño causado por estos sujetos, no sea uno más de tantos asesinatos que se cometen en la entidad y en el país, captado por una cámara, viralizado en las redes y reproducido por la televisión no nos haya convertido en consumidores indiferentes al dolor y, cada vez más, estemos a la expectativa de videos más fuertes.

Él era juez, hacía justicia como lo prevé el Estado de Derecho que nos define, no lo hacía por propia mano. Él estudiaba los casos y dictaba sentencia, esa era su profesión y podría seguir siéndolo si un asesino no hubiera cegado su vida. En un estado de cosas así, el enemigo del juez podría estar dentro de su ámbito profesional, como empieza a presumirse, o vinculado al mundo del narcotráfico afectado por sentencias dictadas por él. En todo caso, mientras el país no se inscriba en la cultura de la legalidad de manera definitiva, cada vez más quimérica, las cosas no cambiarán.

En Colombia, en Perú, por el narcotráfico, antes en Italia por los problemas derivados de la mafia, se impulsaron los “jueces sin rostro”; quizá sea el momento de pensar en hacerlo. Los jueces dan vigencia al Estado de Derecho –no siempre– y requieren de protección. El poder judicial no puede ser a modo. Este juez u otros jóvenes quizás hubieran cambiado el curso de las cosas. Ya no más por Dios. La Nación Mexicana ha de ser fuente de vida, no de muerte del futuro.

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