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sábado, 29 de octubre de 2016

Afirma el historiador Roberto Breña: Si novohispanos hubieran querido independencia, la logran en seis meses


Norma L. Vázquez Alanís

(Primera de dos partes)

La historia debe ‘desmexicanizarse’, porque no hay manera de entender la independencia de Nueva España, si no es saliendo del territorio novohispano, aconsejó Roberto Breña, doctor en ciencia política por la Universidad Complutense de Madrid, en su provocadora charla “Ideas viajeras: liberalismo e independencia”.

En el título está la clave, dijo Breña, porque ni la independencia ni el liberalismo son anhelos sólo de los mexicanos; también lo son en otras partes del orbe, pues las ideas viajaron de un lado a otro sin fronteras.

Incluida en el ciclo ‘Nuevas interpretaciones de la historia nacional’, auspiciado por el Centro de Estudios de Historia de México Carso (CEHM), la conversación del también maestro en filosofía por la UNAM, planteó el hecho de que no es posible estudiar la independencia de la Nueva España como un proceso aislado o relativamente aislado, ni entender el liberalismo novohispano o mexicano de manera desligada de lo que estaba pasando en ese tiempo en otros lugares del mundo, tal como se hizo durante muchos años en la ‘historia oficial’.

Y es que Nueva España era un territorio más del imperio español en América, aunque era el virreinato más importante de cuatro que había en estas tierras, pero además existían capitanías generales. Estamos hablando de siete procesos independentistas en este continente, precisó Breña.

No hay manera de comprender lo que pasó en uno de los territorios que pertenecía a un imperio, si no se conoce lo que estaba sucediendo en la capital del mismo, en este caso Madrid, y en el resto de todas las circunscripciones americanas. Se puede entender en cierta medida, pero hubo puntos fundamentales de la independencia y el liberalismo que no se podrían interpretar sin observar lo que estaba pasando más allá de la Nueva España.

Desde hace tres décadas los historiadores del mundo occidental utilizan la tendencia de abrir la lente para tener una perspectiva regional, luego nacional -aunque en ese tiempo no había naciones-, y después hispánica, abarcando a todo el mundo hispánico; posteriormente atlántica, que es una paso más arriba, y la última de las tendencias, digamos la que está de moda en la historiografía occidental contemporánea, es el nivel global, explicó Breña, quien realizó estudios de postgrado en teoría política en la Universidad McGill de Montreal, Canadá.

Una visión actual de la historia

Por ello hizo algunas precisiones a las que obliga esta nueva óptica de la historia, como utilizar el término “proceso emancipador novohispano” en lugar de “independencia de México”, porque -puntualizó también- lo que comenzó en 1810 y terminó en 1821, concluyó efectivamente con la independencia de México, pero antes de 1821 no podemos hablar de México, sino de Nueva España.
Hasta fines de los años 80 del siglo pasado, la manera de estudiar el proceso emancipador novohispano fue concentrándose en la Nueva España, cuando mucho en algunas regiones o ciudades de la misma, pero la apertura de la lente permitió abarcar a todo el mundo hispano, es decir, no solo a los demás territorios en América, sino a la metrópoli, que es la cabeza del imperio.

Y es que para saber por qué los procesos independentistas de América se iniciaron en 1810, los historiadores tienen inevitablemente que remitirse a la capital del imperio, pues en 1808 tuvo lugar la invasión napoleónica a la península española, dijo el también catedrático de El Colegio de México.

Muchos avatares mediante, Napoleón Bonaparte se llevó a Fernando VII a Bayona, lo recluyó en un castillo, y en su lugar puso como rey de España y de las Indias a su hermano José, lo cual provocó una serie de levantamientos en la América española, que en un principio -esto es muy importante, apuntó el conferencista- no fueron en contra o a favor de la independencia absoluta con respecto a España; se trató de un alzamiento en contra de la imposición de un rey por parte de Francia.

De esta manera, expuso el doctor Breña, un episodio ocurrido en la península desencadenó tales procesos emancipadores, pero la transformación de éstos en independentistas, varió mucho. Por ejemplo, la declaración de independencia de Paraguay data de 1811, luego está la de lo que hoy es Argentina, es decir, las Provincias Unidas del Río de la Plata, en 1816, le siguió Chile en 1818 y las de los dos virreinatos más importantes, el de Perú y el de Nueva España, sobrevino en 1821. Hubo que esperar hasta 1826 para que fuera creada Bolivia, en buena medida por Simón Bolívar, y dos años más delante, para el surgimiento de lo que ahora conocemos como Uruguay.

En 1830 dos acontecimientos marcaron de alguna manera el final de los procesos emancipadores: la muerte de Bolívar y la disgregación de la Gran Colombia, que se había independizado en 1819 y comprendía Colombia, Venezuela y Ecuador. De suerte que 20 años después de iniciados los movimientos, ya había un cuadro más o menos similar al que conocemos ahora de América Latina.

En este sentido -subrayó Breña, quien cuenta con una licenciatura en administración pública por el Colegio de México-, las diferencias son muy evidentes; hay países que se declararon independientes muy pronto y otros que se tardaron mucho en hacerlo; México fue uno de éstos, pues transcurrieron 11 años entre lo que sucedió la madrugada del 16 de septiembre -aparentemente, porque es muy difícil saber lo que ocurrió bien a bien, empezando por la arenga de Hidalgo- y la terminación de ese proceso iniciado en1810 y consumado en 1821, que es muchísimo tiempo. Una inferencia lógica de esta situación, fue que muchas personas en la Nueva España y en otros países sudamericanos, no querían ser independientes.

El análisis histórico desde el planteamiento global, revela que si de verdad la mayoría de los novohispanos hubiera querido la independencia, se hubieran tardado seis meses en lograrlo, pero obvio que no era el caso, “y que quede claro -advirtió el ponente- que no vengo a disminuir las gestas de Hidalgo, ni de Morelos, ni de nadie; sencillamente lo que estoy diciendo es una evidencia histórica o historiográfica”: un porcentaje importante de novohispanos no quería la independencia absoluta, quería arreglos de distinto tipo con más o menos autonomía, o bien más o menos independencia.

En este contexto, los términos son muy importantes, no sólo porque hay que saber cómo se usaban en aquel entonces, sino porque al aplicarlos en la actualidad tenemos que estar muy conscientes, como historiadores, si ese era el uso que los actores de aquel momento les daban.

(Concluirá).

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